viernes, 12 de junio de 2020

26 de junio del 2011: Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Senor Jesucristo



En otro tiempo uno llamaba esta fiesta « la fiesta del santo Sacramento » y se ponía el acento en la proclamación pública de nuestra fe: procesión en las calles con la custodia, aglomeración de todos los movimientos fraternales de la Iglesia, etc. Después del vaticano II, se llama a esta fiesta “Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo”. Ha sido un cambio significativo ya que se  ha puesto el acento en la celebración comunitaria de la Eucaristía más que en la proclamación exterior de nuestro catolicismo. La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos invita entonces a renovar nuestro interés por la celebración comunitaria del Día del Señor.

La Eucaristia es ante todo la fiesta del recuerdo: “Hagan esto en conmemoración mía”. El texto del Deuteronomio (1ª lectura) comienza con las palabras: “Recuerden…” esta lectura recuerda que Dios ha acompañado a su pueblo en el desierto, y el milagro del agua que sale de la roca con la cual ha saciado su sed y el pan desconocido que ellos llamaron “el mana”.

Cuando el Deuteronomio fue escrito, los Hebreos después de mucho tiempo habían dejado el desierto y se habían establecido en Palestina. Ellos corrían el riesgo  de olvidar todo lo que Dios había hecho por ellos.

“Recuerda que Dios te ha liberado de la esclavitud en Egipto. Recuerda todo el camino que Yahvé tu Dios te ha hecho recorrer durante cuarenta años en el desierto”. Una vez en Palestina, sedentarios y prósperos, ellos pueden ahora aprovechar  su riqueza, pero ellos arriesgan de olvidarse que Dios les ha liberado. Cuando todo va bien, cuando la prosperidad hace parte de la vida, que la salud es excelente, uno se vuelve fácilmente autosuficiente y se tiene la impresión de no tener más necesidad de Dios. Es difícil  acordarse de Dios en los periodos de bienestar y o felicidad!

Después de los ataques terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos, los medios de comunicación subrayaron o remarcaron  como la gente participaba más en los oficios religiosos. Una vez que la calma volvió, esta participación ha disminuido de nuevo. Parece ser que a medida que la gente se vuelve prospera y que no tiene que enfrentar problemas serios, la memoria se empobrece.

Los textos de hoy nos recuerdan que una mirada a nuestro pasado nos ayuda a reconocer la presencia de Dios en nuestras vidas y nos permite ver el futuro con confianza.

La memoria  de un pueblo es un poco parecido a las raíces de un árbol. El árbol vive gracias a ellas, el les debe su subsistencia y su crecimiento. Las flores, los frutos y las hojas pueden caer cada año, pero las raíces quedan. El futuro del árbol está en sus raíces.

Las Eucaristías que celebramos no están llamadas a manifestar  grandes prodigios o actos espectaculares, pero ellas deben activar el recuerdo de lo que nosotros somos. Ellas están ahí para recordarnos lo que Dios ha hecho por nosotros, El quien nos acompaña, en los buenos años como en los años más difíciles: “Recuerden…Hagan esto en memoria mía”.

La fiesta de hoy es entonces la fiesta del memorial. Ella es también la fiesta de la Unidad. Como lo dice San Pablo: “A pesar de ser muchos no formamos que un solo cuerpo, porque todos participamos en ese pan único” (1ª  Corintios 10,17).

Con frecuencia nosotros olvidamos la extraordinaria fuerza y llamado a la reconciliación que posee la Eucaristía. Al final del sermón de la montaña, Jesús decía: “Si tu vienes a presentar tu ofrenda y tu recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí y ve primero a reconciliarte con tu hermano y después regresa a presentar tu ofrenda al Señor” (Mateo 5,23-24).

La Eucaristía sigue siendo a través de los siglos, el símbolo de la unidad y la diversidad. Todos nosotros podemos participar en ella: liberales, conservadores, miembros de tal o cual partido, jóvenes, adultos, ancianos, tradicionalistas, innovadores, parejas, solitarios, gente de todas las orientaciones políticas, religiosas y sexuales.  Juntos con todas nuestras diversidades, formamos el Cuerpo de Cristo. Nuestra fuente de unidad no es el país, el partido político, la cultura , el color de nuestra piel…no, es Cristo quien nos invita a su mesa: “Vengad a mi , ustedes todos quienes sufren y que llevan sobre si pesadas cargas  que yo los aliviaré”.

EL gran San Agustín, hablando de la Eucaristía  exclamaba : «O mysterium unitatis, o vinculum caritatis»…O misterio de Unidad, o vinculo de caridad! Cuando dejamos la iglesia, al final de la Eucaristía, somos invitados a volver al interior de  nuestras familias, al trabajo, a los pasatiempos, para que construyamos un mundo de paz, de hermandad y de compartir, un mundo que se parezca más a la visión que Dios tiene de nosotros.

La celebración del Cuerpo y la sangre de Cristo es entonces muy importante porque ella subraya el valor único de nuestros encuentros dominicales. Es una fiesta que nos invita a recordar el papel primordial que Dios juega en nuestra vida. Ella nos ayuda también a llegar a ser cada vez más una verdadera comunidad en la unidad y la diversidad. Si nosotros compartimos la vida de Cristo , nuestra vida tendrá un gusto de eternidad.

martes, 26 de mayo de 2020

Domingo 12 de junio del 2011: FIESTA DE PENTECOSTES A


LECTURAS


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 2, 1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:

-- ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.

                        Palabra de Dios


SALMO RESPONSORIAL

SALMO 103

R.- ENVÍA TU ESPÍRITU, SEÑOR, Y REPUEBLA LA FAZ DE LA TIERRA.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R.-

Les retiras el aliento,
y expiran y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas, y
repueblas la faz de la tierra. R. -

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R. -


 SEGUNDA LECTURA

LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 12, 3b-7. 12-13

Hermanos:
Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
                                                                      Palabra de Dios.



SECUENCIA

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

 Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

ALELUYA

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor

 EVANGELIO
 LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-- Paz a vosotros
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Palabra del Señor.


EL ESPIRITU  TRABAJA SIEMPRE  

Hoy es la fiesta de pentecostés. Yo imagino que como me pasa a mí, una imagen viene a la mente: la imagen de las lenguas de fuego que bajan y se ponen encima de los apóstoles.

A menudo estamos expuestos a apegarnos a aquello que parece espectacular. Corriendo el riesgo de dejar de lado  o no ver lo esencial.

Nos vemos tentados de ver el Espíritu o reconocerlo solo cuando él se manifiesta con mucho ruido o rimbombancia  y uno termina por preguntarse si él está todavía obrando en este mundo, en nuestras vidas y en nuestras comunidades.

Cuando miramos rememoramos las pocas cosas o somos conscientes un poco de nuestras vivencias y experiencias de vida, podemos lamentarnos o añorar al contrario los  buenos viejos tiempos y o ver lo que está surgiendo o naciendo.

Hoy en muchas diócesis, inclusive en nuestro país y a través del mundo, muchos  adultos la mayoría entre los 18 y los 35 años, vivirán su Pentecostés, ellos serán confirmados. Para muchos este será el fin de una etapa después de muchos meses donde habrán crecido en la fe.

Y no habrá ni viento violento, ni fuego, pero ellos serán llenos del Espíritu Santo y vivirán una experiencia de Iglesia significativa.

Muchas de nuestras diócesis están comprometidas en el reagrupamiento de parroquias y de arreglos que exigirán renuncias que causarán mucho dolor . Sabremos dejar que el Espíritu nos guíe? O nos quedaremos encerrados en nuestros miedos y desesperanzas? Permitiremos al  soplo del espíritu  darnos un empuje y arrojo nuevos?


REFLEXIÓN

En esta gran fiesta de Pentecostés, la liturgia nos propone  dos relatos que describen la venida del Espíritu Santo:

Primero el de San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, rico en colores , pleno de entusiasmo y de movimiento y el relato de San Juan en su evangelio, más discreto, que nos presenta a Cristo detrás de puertas cerradas, ofreciendo su paz y su soplo de vida.

El contraste entre los dos relatos es evidente: mientras que el libro de los Hechos evoca el fuego, el ruido, el calor, el relato de San Juan esta hecho de inspiración, de interioridad, de discreción. En los dos casos, el Espíritu se manifiesta como una fuerza capaz de recrearnos  (cambiarnos, transformarnos) en lo más profundo de nosotros mismos. Son dos maneras diferentes y complementarias de hablar del Espíritu que renueva el corazón humano y la faz de la tierra.

San Juan y San Lucas mencionan que Pentecostés tuvo lugar “el primer día de la semana”. Aquellos que leían estos textos conocían el lenguaje bíblico y sabían que ese primer día celebraba la nueva creación, el mundo nuevo ofrecido gracias a la venida de Jesucristo. Juan utiliza el lenguaje conocido por los cristianos de su tiempo para expresar este renacimiento: “Él insufló sobre ellos su espíritu” . Esto recuerda el texto de la creación de Adán cuando Dios insufla un aliento de vida al hombre que llega a convertirse en un ser vivo” (Gen 2,7) El hace también alusión al texto del profeta Ezequiel en el cementerio de los huesos disecados: Ven de los 4 vientos, Espíritu de Dios, sopla  sobre esos muertos para que ellos vivan (Ez  37,6).

Pentecostés es la fiesta de la Vida Nueva, la fiesta de la segunda oportunidad. Los apóstoles no habían podido ser fieles y perseverantes en sus promesas o compromisos, ellos habían fallado en la fidelidad y amistad hacia Jesús. Asustados o atemorizados, Judas ha traicionado, Pedro ha negado tres veces, todos se han dado a la fuga. Ellos tenían necesidad de ser perdonados, de ser renovados. San Juan nos dice que ellos estaban encerrados en su casa y que todas las puertas estaban atrancadas. Ellos estaban paralizados por el miedo. Ellos se sentían incapaces, parados y no veían una salida posible.

En esta fiesta de Pentecostés, el Espíritu Santo les dice que hay una salida, un escape posible, una perspectiva de futuro. Cristo viene con su paz, el sopla sobre ellos y les da la fuerza de su Espíritu. Las puertas atrancadas se abren y un viento fresco los invita a salir afuera al aire libre. Ellos pueden entonces comunicarse con todos los humanos de la tierra. Pentecostés, es el reverso de la Torre de Babel donde los pueblos estaban dispersos y confundidos sin poder comprenderse. Aquí, ellos están reunidos y cada uno “desconcertado y maravillado, comprende al otro en su lengua materna”.

En los países que tienen las 4 estaciones como Canadá, donde vivo actualmente se puede ver la maravillosa imagen que ofrece la primavera y la muestra de lo que el Espíritu puede hacer en nosotros. Aquellos que no conocen el clima riguroso de los inviernos y que van de visita en enero, pueden pensar que la naturaleza está muerta y que nada podrá hacer reaparecer la vida…Pero es suficiente un poco de sol de primavera, del calor del mes de mayo para que la vida surja y aparezca con una fuerza extraordinaria. El Espíritu puede ser nuestra propia primavera y hacer revivir en nosotros aquello que parecía muerto y desecho.

La fiesta de Pentecostés nos ofrece a cada uno de nosotros la ocasión de renovar nuestra relación con Dios y con los demás. Es el tiempo de un nuevo comienzo: “Yo les enviare mi Espíritu y ustedes revivirán”.

El Espíritu nos invita a revivir, a desarrollarnos, a progresar, a crecer. Nosotros debemos rechazar o despreciar que nos hagan hombres y mujeres bonsái, todos pequeños, estrechos, encogidos!  Debemos evitar ser el águila del gallinero o del cerco de pollos  del cuento de Anthony De Mello: un granjero había encontrado en todo lo alto de una montaña, un huevo de águila. El hizo que el aguilucho naciera o saliera del huevo en su gallinero, donde la pequeña ave aprende a comer granos, a volar algunos metros, a acurrucarse para dormir…Un día , el vio una grande ave que volaba, planeaba majestuosamente en la parte mas alta del cielo. Entonces el aguilucho demanda  a una de las gallinas más viejas que clase de ave era aquella. “Ah , eso es un águila. Es un fenómeno muy raro. Ella vuela sola  y muy alto , durante horas y horas. Ella es totalmente diferente de nosotros. Es mejor no pensar en esa clase de energúmena!  EL aguilucho olvida la gran ave y continua viviendo como las gallinas .

Nosotros estamos invitados todos a volar más alto, en la plena libertad de los Hijos de Dios, a no contentarnos de una vida mediocre, a ras de piso ¡

Al darnos su Espíritu, Cristo abre las puertas atrancadas de nuestros miedos y nos envía en nuestro medios sociales y de vida para que nos esforcemos por crear allí un mundo mejor, un mundo más humano y más fraternal.

sábado, 14 de marzo de 2020

27 de marzo del 2011: tercer domingo de Cuaresma A


A guisa de introducción:

El agua y la mujer: Fuentes de vida

El martes pasado,  cuando precisamente celebrábamos la Jornada internacional del agua, vino a mi memoria la escena recurrente de las mujeres que buscan y sacan el agua de los pozos profundos en las regiones desérticas.  Cuando estuve en el Extremo Norte del Camerún en África, tuve la oportunidad de ver esas figuras femeninas  que semejantes a signos de admiración:  altas y llenas de alegría, cantaban , conversaban y caminaban hacia la fuente…Sus cántaros sobre la cabeza eran cual puntitos de esos mismos signos…y uno se las cruzaba en el camino yendo a pie, en bici o en carro o se les encontraba allí justo en el centro o afueras de los pequeños pueblos mientras sacaban agua de la fuente con ayuda de lazos o cuerdas hechas de diverso material. En medio de todo ese complejo mundo negro, árido y cada vez menos lejano para mí, me daba cuenta del coraje y alegría de aquellas mujeres capaces de sonreír a pesar de los múltiples sufrimientos que con seguridad Vivian…Redescubría una vez más, como el agua era la fuente de la alegría, de la esperanza, la fuente de toda vida…

Nos dice el Evangelio que mientras Jesús se dirigía a Jerusalén debía atravesar la Samaria (Jn 4,4). Dios quería que se detuviera cerca del POZO DE JACOB en la hora más calurosa del día, para encontrar esta mujer que  ha venido a sacar agua.  Y he aquí que este extranjero le pide: “Dame de beber” (Jn 4,7). Como dice San Agustín: “era en realidad de su fe que el tenia sed” (homilías sobre el evangelio de Juan, XV,11).

Porque este hombre ha tocado su corazón, la samaritana ha visto en él un profeta. Y aun mas, ella ha reconocido en Jesús “El Mesías, aquel que es llamado Cristo” (Jn 4,25).

Porque Jesucristo supo reconocer su gran sed de amor, ella ha olvidado su sed. “La mujer, dejando allí su cántaro, volvió a la ciudad” (Jn 4,28). Ella va hacia los suyos para dar testimonio de Jesús y a causa de sus palabras, muchos creyeron en Él.

Este tercer domingo  de Cuaresma, Jesús se detiene todavía a la orilla (o al borde) de nuestro pozo y nos dice a cada uno de nosotros: “Dame de beber”. Él tiene sed de nuestra sed. Él sabe que tenemos sed del agua que brota para la vida eterna. Él sabe también, que como esta mujer, nosotros buscamos a veces nuestra sed en otro lado, lejos de Él.

Que podamos reconocer y acoger de nuevo a Aquel  que ha dado la vida por nosotros.

Que podamos asumir todavía el riesgo de ser sus testigos…



LA SAMARITANA ENCUENTRA AL FIN EL HOMBRE DE SU VIDA (2)

La liturgia de este tercer domingo de cuaresma nos invita a meditar una de las escenas más extraordinarias del evangelio, donde San Juan nos revela todo el misterio del Don de Dios. Este misterio se muestra bajo el símbolo del agua que fecunda la tierra y dona la vida al mundo.

Jesús se presenta en el pozo de Jacob como alguien que tiene sed, que necesita ayuda, que está cansado por la jornada. El calor de medio día, sabemos cómo es de agotador, y allí al bordo del pozo el maestro se sienta. El no domina, no se muestra imponente, solo busca el contacto. Su petición de agua, toma por sorpresa a la samaritana. En razón del odio que había entre los judíos y los samaritanos, los judíos contraían una impureza legal si aceptaban de parte de los samaritanos , un simple vaso de agua. De ahí la pregunta de la samaritana cuando Jesús le dice: “Dame de beber”: “Cómo, tu siendo judío , me pides de beber a mí que soy samaritana?

Por causa de sus seis maridos, la mujer de Sicar decide, para ir al pozo, una hora donde ella no corra el riesgo de ser la burla de las otras mujeres. Con su pasado tormentoso, la samaritana se ve mal “pillada”, en un mal día frente a Jesús. Ella ha caído en la miseria, que se deja ir a la suerte de las desdichas, de las caídas…Es una mujer ultrajada, asesinada. Ella ha sido el juguete que ha servido a una media docena de hombres. Sin embargo, es a ella a quien Jesús va revelar su secreto. Ella ha sido escogida para recibir la confidencia de Jesús sobre Él mismo  y llegar a ser una testigo (misionera, apóstol) de su identidad.

El extranjero fatigado, el judío detestado ha adivinado su herida. El escruta su corazón femenino con delicadeza, sin herirla. Él ha intuido su sed de felicidad la que no  satisface los amores de paso? Este amigo desconocido parece tenderle la mano para revelarle que, a pesar de sus experiencias dolorosas, su vida no puede ser un fracaso?

Cristo sabe quién es ella, pero no la señala con el dedo, no le muestra ante sí un espejo acusador diciéndole : mírate, como eres tu una pobre miserable. Él “no le saca en cara” todo lo que no ha funcionado (o ido bien) en su vida amorosa. El no trata de humillarla. Al contrario se confía a ella.

Cuando Él le pide que vaya a buscar su marido, ella responde que no tiene marido. El Señor le recuerda que ya ha tenido 5 y que el hombre con quien vive ahora no es su marido. Jesús revela su situación pero no la juzga. Y sintiendo que el dialogo se hace cada vez muy personal, la samarita intenta evadirse (escabullirse) haciendo una pregunta teológica sobre la montaña de samaria y la montaña de Jerusalén. Y Cristo no la maltrata, no la acosa. El dialogo se desarrolla  en la franqueza pero también en el respeto y la ternura.

Para devolverla la esperanza a esta samaritana en el pozo de Jacob, Jesús transgrede todos los tabúes: el tabú racial, el tabú sexual y el tabú religioso. Jesús es un hombre libre. El no cree en los bloqueos definitivos, en las etiquetas hirientes ni en los odios ancestrales. Como siempre, Él sabe comunicar o dar  esperanza a aquellos (as) que están abatidos por las dificultades de la vida: “vengan a mí, ustedes todos los que sufren y penan por las pesadas cargas (cansados y fatigados) , que yo les aliviare” (Mt 11,28).

Se trata para Jesús de hacer brotar en esta mujer el nuevo ser, como lo hará de  igual forma con Nicodemo, Zaqueo y María Magdalena. Jesús construye un pozo en esta nueva criatura, un pozo que llega a ser fuente de agua viva y de fecundidad. Él le revela que ella vale más que la suma de todos sus fracasos.
Es ahora cuando Jesús le confía dos revelaciones : la primera sobre la verdadera naturaleza de Dios (Dios es Espíritu , y aquellos que adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad ; y la segunda sobre su identidad propia: “Yo se, dice ella, que el Mesías debe venir, aquel que llaman el Cristo…Jesús le responde: Soy yo, quien te habla”).

El corazón de esta mujer ha sido salvado. En su vida superficial, desperdiciada por una existencia muy terrenal y materialista, una fuente de agua viva ha brotado. Ella al fin ha encontrado el hombre que buscaba. Ella no tiene más necesidad de este pozo y de su cántaro. Ella corre rápido para comunicar lo que ella acaba de descubrir.

El pleno mediodía, el calor, la fatiga de la ruta representan, en este maravilloso texto de San Juan, nuestra vida difícil y monótona (rutinaria) de todos los días. Quién tiene sed en este relato? Jesús, con toda seguridad. En la simbología de Juan, se puede comprender acá la sed de Dios por el ser humano, su búsqueda desde siempre:  “Adán, donde estás? (Gen 3,9) “Yo he venido para buscar los pecadores y las ovejas perdidas” (Marcos 2,17).

Esta samaritana que ha buscado su felicidad, su verdad en sus amores pasajeros y no ha conocido que fracasos, esta consumida por otra sed que Cristo va permitirle satisfacer. Ella no tendrá nunca más “sed” porque la fuente de agua viva esta en ella y ella es hija bien amada de Dios.

Y nosotros, donde estamos en nuestra vida? Donde buscamos la felicidad? Cuál o qué tipo de sed tenemos? Al igual que la Samaritana, el Señor puede hacer brotar un manantial de agua fresca, una fuente de vida nueva: “Aquel (lla) que beba del agua que yo le daré no tendrá nunca más sed, y el agua que yo le daré será para él (ella) una fuente  que brota para la vida eterna” (Jn 4,14).



APROXIMACIÓN PSICOLÓGICA AL TEXTO DEL EVANGELIO: (3)

El riesgo de un verdadero encuentro

Tenemos acá un texto de una muy fuerte densidad humana y que Juan , como es su costumbre, le ha inyectado un contenido teológico. No retendremos que algunos aspectos.

Jesús tiene un encuentro imprevisto, con una persona un poco complicada y en el momento en que él no tenía cabeza para discusiones teológicas. Él estaba en camino, y cansado de caminar, Él se sienta simplemente al lado del pozo” (v.6), a la espera de que sus amigos vengan de la ciudad con la comida (v.8).

Pero la mujer a la que encuentra  es una mujer capaz de implicarse, es decir, tomar partido , por otro lado,  un poco como Él.

No es sorprendente que las máscaras caigan rápidamente  y se llegue a lo esencial en la conversación.

Y como la relación es auténtica, verdadera según las dos partes, no es sorprendente que se desenvuelva bajo el signo de la reciprocidad. En la medida que Jesús interviene en la vida de esta mujer, El acepta revelarle su propio misterio. Para Jesús,  para su punto de vista,  la evolución en  la manera como la mujer se ubica frente a él es significativa.

La continuación de la conversación es impersonal y no comprometedora: “Tu, un judío…(v.9). Pero Jesús quien está tomando conciencia de lo que sucede, contemplando ante quien se encuentra, provoca que el tono cambie rápidamente: “Señor…”(v.11). Después de cierto tiempo, la mujer está en capacidad de penetrar un poco más el misterio de Aquel que está en frente suyo: “Veo que eres un profeta…” (v.19). Y el encuentro culmina en la interrogación que se hace luz en el espíritu de la mujer: “No será Él el Mesías (El Cristo)?” (.v.29).

El impacto de Jesús sobre esta mujer probablemente tuvo varias dimensiones, si se juzga por los temas abordados.

Miremos la manera como Jesús hace surgir (provoca) la cuestión del “sentido”, en la situación personal de esta mujer. Ante todo, ellos sitúan claramente los hechos: Yo hago el amor, pero no tengo marido. Y Jesús reacciona de un modo quizás retador  ante esta situación: tú has tenido seis maridos, pero nunca has tenido una verdadera relación de pareja. Tú vives tus relaciones en lo provisorio y tu pasas quizás, al lado de lo esencial (vv.16-18).

Tales “reclamos u observaciones”  sorprenden a la mujer profundamente. Ella se torna escurridiza (quiere huir)  y ensaya de desviar la conversación sobre una discusión litúrgica (como cuando decimos popularmente: no me cambie la hoja, o el tema) (v.20). Pero Jesús la trae o encamina de nuevo a lo esencial: la religión no consiste en frecuentar los lugares de peregrinación sino en situarse (poner la cara) ante un Padre con lo verdadero y genuino suyo (con lo que se es verdaderamente, como se es en verdad) (v.23).

La mujer es llevada de nuevo a retomar conciencia de su situación. La religión llega a ser una cuestión pertinente (importante), no solamente el día que ella decida escoger una iglesia o una comunidad de base, sino el momento en que ella decida mirar su experiencia de vida, su existencia total frente a frente.

Todo comienza ahí. Después, uno descubre a Dios, dándose cuenta que la vida nos supera, es más inmensa  (y o compleja) de lo que nosotros pensamos  y que es necesario que la recibamos. “Si tú supieras el don de Dios…” (v.10).


DE CALIXTO (4)

Un humilde adjetivo

“Llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar. Cansado del camino, se sentó junto al manantial. Era alrededor del medio día”. San Juan, cap.4.

San Juan nos ha conservado en su evangelio una palabra que equivale a una reliquia de la humanidad de Jesús: Un humilde adjetivo, guardado con cariño igual que la fotografía de un hermano ausente, o aquella nota marginal que un amigo colocó en nuestro libro predilecto. Jesús “cansado” del camino, se sentó junto al pozo.

La escena está enmarcada en una sobria sencillez. Es mediodía. Hace calor. Jesús descansa junto al brocal del pozo, donde una vez Jacob abrevó sus rebaños. Desde el pueblo cercano, va a llegar de pronto una mujer para llenar su cántaro de agua.

Pero antes, podríamos adelantarnos para reunir a cuantos estamos agobiados por múltiples cansancios.

Quienes perdimos toda esperanza de deshacernos de algo que nos hace daño. Esposos, fastidiados uno del otro, a punto de renegar del amor y del ideal. Padre de familia, cansados en la lucha por sus hijos. O tal vez inmensamente angustiados ante alguno de ellos tarado, vicioso o enfermo.

Jóvenes desorientados, sin nadie que les tienda la mano. Que ya no esperan nada del futuro. Apóstoles tensionados o pesimistas, porque creen infructuosa su tarea y sólo ven oscuridad por todas partes. Los que confesamos llanamente nuestra equivocación al elegir al cónyuge, pero sentimos la necesidad de seguir adelante con la responsabilidad de una familia.

Los que gastamos la vida al cuidado de los enfermos y dolientes, tentados contra la paciencia y la perseverancia

Los enfermos crónicos y los moribundos a la espera de una muerte demasiado lenta, demasiado dolorosa. Los que hemos pecado mucho y ahora, hastiados, venimos de regreso pero sin saber hacia dónde. Los cansados de adquirir cosas y de gozar comodidades, sin gusto para ninguna generosidad e incapaces de todo esfuerzo. Los hartos de doctrina social, política o religiosa, que anhelamos solamente actitudes concretas, realistas y eficaces, que transformen un poco el panorama del mundo.

Todos tenemos derecho a acercarnos a Cristo, quien nos ha invitado: “Venid a mí todos los que estáis cansados y sobrecargados y yo os daré descanso”. Encontraremos un Dios fatigado y por lo tanto humano, amable, amigo, compasivo.

Pero es necesario, como la mujer de Sicar, detenernos un poco, escuchar qué nos pide, contarle nuestra propia situación, dejar a un lado nuestro cántaro, donde guardamos esa agua común que no quita la sed, y regresar luego llenos de esperanza a nuestro diario trabajo.

Entonces se cumplirá en nosotros la palabra de Cristo: “El que bebe del agua que yo le daré no tendrá nunca sed. Porque ella se convertirá en su interior en un surtidor que salta hasta la vida eterna”.


*****


 De :

Pero había todavía otra barrera más que Jesús elimina en esta ocasión. La Samaritana era una mujer. Los rabinos estrictos tenían prohibido hablar con una mujer fuera de casa. Un rabino no podía hablar en público ni siquiera con su mujer, o con su hermana o hija. 

Había fariseos a los que llamaban graciosamente «los acardenalados y sangrantes» porque cerraban los ojos cuando iban por la calle para no ver a las mujeres y se chocaban con las paredes y las esquinas. Para un rabino, el que le vieran hablando con una mujer en público era el fin de su buena reputación. Pero Jesús no respetó esa barrera, ni por tratarse de una mujer, ni porque fuera samaritana, ni porque hubiera nada vergonzoso en su vida. Ningún hombre decente, y mucho menos un rabino, se habría arriesgado a que le vieran en tal compañía, y menos en conversación con ella. Pero Jesús sí.

Para un judío esta sería una historia alucinante. Aquí estaba el Hijo de Dios, cansado, débil y sediento. Aquí estaba el más santo de los hombres, escuchando con simpatía y comprensión una triste historia. Aquí estaba Jesús pasando las barreras de la raza y de las costumbres ortodoxas judías. Aquí tenemos el principio de la universalidad del Evangelio; aquí está Dios, no en teoría, sino en acción.





REFERENCIAS:



-Pequeno misal de "prions en église"  (Canada)


-http://cursillos.ca


-HETU, Jean-Luc. Les options de Jésus


-http://tejasarriba.org


-http://bendicionescristianaspr.com/?p=846