martes, 28 de mayo de 2013

2 de junio del 2013: Fiesta del Cuerpo y la Sangre de CRISTO

« La única comida que significa la reconciliación universal es compartir el Cuerpo de Cristo. La Eucaristía nos recuerda, día tras día, que fuera de la muerte y resurrección de Cristo no hay fraternidad universal posible.

No sin razón, durante siglos, la Iglesia ha hecho un deber para los cristianos participar en la asamblea eucarística, al menos una vez por semana. Hoy insiste mucho menos, pues le repugnan los actos de autoridad demasiado explícitos. Lo que espera la Iglesia es que el progreso de los años venideros será tal que los cristianos no tengan necesidad de un mandamiento concreto para participar en la misa.

Así pues, la Eucaristía es el Sacramento por excelencia, es Cristo sacrificado que, como hombre, está completamente vuelto hacia Dios y, como Dios, está completamente vuelto hacia el hombre. Cristo es el abrazo, me atrevo a decir, la cristalización de estos dos impulsos… « 

(Francois Varillon  +1978, sacerdote jesuita en « Alegria de creer, alegria de vivir »).




EVANGELIO
 LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 9, 11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde y los Doce se le acercaron a decirle:
-- Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado.
Él les contestó:
-- Dadles vosotros de comer.
Ellos replicaron:
-- No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.
Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos:
-- Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.
Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.
Palabra del Señor

A guisa de introducción:

CORPUS CHRISTI, Dios asume nuestra historia

Cuando estaba niño se llamaba a este día y a esta fiesta “Corpus Christi” y a uno no le decía mayor cosa. Es más, mi hermana Alba Lucía y yo, lo testifica la fecha estampillada detrás de la clásica foto, hicimos nuestra primera comunión el 5 de junio de 1978, que era un jueves, cuando todavía no se había instaurado como Ley de la República la “letal ley Emiliani”, que entre otras ha sido causa de la negligencia y paso a segundo plano de solemnidades y momentos significativos para los católicos como esta fiesta. Pues por la disculpa que “el día de guardar” se pasó a un lunes, se da prioridad al descanso y al paseo omitiéndose la celebración en comunidad eclesial…A casa se entra “mamao” para decir cansado y son muy pocos que de buena gana van a unirse a la adoración y acción de Gracias en el templo.

Celebrar LA FIESTA DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, es celebrar la entrada y toma de posición de Dios en nuestra historia humana.

Es reconocer que hemos sido creados para ser como Dios (divinizados),
Para tomar conciencia que Dios valora el trabajo, la historia y la transformación del mundo, símbolo de ello es el pan,

Es darnos cuenta que ninguna comida material, física o humana puede saciar nuestras hambres y que solo en la cena eucarística, comida ofrecida por el Padre (pan de la Palabra y la eucaristía) podemos descubrir el sentido de nuestra existencia, del mal, del sufrimiento y de la misma muerte… y asegurarnos  que el amor y o la comunión vence a la muerte.

Otro pan, otra hambre

A través de muchas cosas, eventos del mundo, pasiones,  los hombres y mujeres buscan día a día superar el tedio, el aburrimiento, la depresión y la sensación de vacuidad:

1.    El fútbol, considerado hoy por muchos “el mejor espectáculo del mundo”, que ha relativizado la esencia del día domingo y hacer perder de vista la dimensión de descanso a la vez que de agradecimiento a Dios por sus beneficios en la vida, la naturaleza y toda la creación.

2.    El recurso o  Las adicciones al alcohol, a  la droga, al cigarrillo, a los videojuegos, al internet y de paso a la pornografía.  Son refugios, escapes de una realidad que no se sabe cómo enfrentar…Pretender evitar el sufrimiento, el sacrificio, las dificultades, tomando así la vía equivocada del egoísmo, de la soledad y la autodestrucción que puede llevar como consecuencia a la indiferencia, al irrespeto y agresión de los otros.

3.    Las alternativas “espiritualistas”, llámese creencias y tendencias en fenómenos y elementos de la “new age” (nueva era): santería, horóscopos, cultos sectaristas, medicinas y o terapias alternativas que promulgan incompletamente una comunión con la naturaleza, muy ecológico, confianza en un denominado “yo superior” o “energía superior” (estilo pensamiento y filosofía de los doctores y o médicos mediáticos en radio y tv – unos postmodernos gurús- y sus discípulos), el yoga, en fin, buscar una religión y ritos según mi gusto personal, que me permita ser “independiente”, romper los lazos con la familia, la comunidad y todo aquello que me huela a “fanatismo”, “Iglesia”, “catolicismo”, porque todas estas palabras (según lo que se piensa) tienen la misma o sinónima connotación. Acá son maestros los zen, los hindúes, Paulo Cohello, el indio amazónico y tantos otros gurús…

Y seguramente ustedes encontrarán otras muchas.

No quiero decir que todo esto sea malo o negativo, de hecho hay aspectos positivos, beneficiosos; pero personalmente pienso que buscar la felicidad, el sentido de la vida fuera del Dios personal, revelado en la historia, hecho humano en Jesús y la mayoría de las veces siéndole indiferente y lo que es peor negándolo, es insensato…Como le decía hace pocos días en un comentario respuesta a un periodista de Medellín “Es Jesucristo o nada”, estoy con Él o mi vida será confusión, pérdida de horizonte, mentira, ausencia de pleno sentido”, pues Él mismo dijo “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”  (Juan 14,6).

El hambre, las ganas de saciarse, hace parte de las primeras sensaciones que siente todo ser humano desde su nacimiento.

Saciar nuestra hambre, una necesidad fundamental

Nosotros consagramos una gran parte de nuestras energías a satisfacer esta necesidad diariamente. Pero una vez se asegura nuestra supervivencia, el hambre se refina, es decir se hace más exigente. El deseo se mezcla con la necesidad.

Cada quien tiene sus alimentos favoritos, por ejemplo para mí, una bandeja paisa (plato típico de mi país Colombia) es un “manjar de dioses”, de hecho, así siempre la he llamado. Las sutilidades, especialidades  y nimios detalles de la gastronomía, alimentan también nuestra búsqueda de placer, de alivio, de convivencia. Y la sensación de saciedad  pone fin temporalmente a nuestra búsqueda.

Nuestros apetitos, hambres, de cualquier modo,  están ligados, unidos a nuestro deseo de absoluto, en nuestra aspiración a la plenitud.

Parece ser que Jesús haya percibido este vínculo con una clarividencia particular. Jesús se muestra sensible ante la multitud hambrienta, como nos lo cuenta el evangelio de hoy. Él se niega a despedirlos con el vientre vacío.

Y más todavía, los símbolos alimentarios son omnipresentes (presentes en todas partes) en los evangelios: el pan, el pescado, el vino, el banquete.

Esto culmina en el compartir del pan y del cáliz (copa) de la EUCARISTIA, el signo más fuerte y representativo que nos ha dejado Jesús. Es así como Cristo continúa haciéndonos el don de Sí mismo, como Él continua respondiendo a nuestras necesidades (hambres, apetitos) más profundas, a nuestras aspiraciones más vivas.

Pero el don de la EUCARISTIA supera nuestras hambres. Él nos ofrece mucho más de lo que podemos contener. Y este Pan lejos de mitigar nuestro deseo, lo transforma en profundidad.


Qué hambre nos conduce a la EUCARISTIA hoy?


Aproximación psicológica al texto del evangelio

La EUCARISTÍA, experiencia de FE, LUCIDEZ y compartir para  Jesús y para nosotros

Es legítimo acaso utilizar el pasaje de la multiplicación de los panes que se encuentra en Lucas para celebrar la fiesta de la EUCARISTÍA? Sin ninguna duda que sí, puesto que Lucas multiplica en su texto las alusiones de los eventos de la Semana Santa: él hace seguir directamente este pasaje después de un anuncio de la Pasión; él utiliza textualmente las palabras de la consagración para introducir la distribución del pan (tomar, bendecir, partir, dar) ; él subraya el lugar o la plaza de los apóstoles en esta distribución; en fin, él asocia el pan que alimenta (v.17) y la palabra que es proclamada (v.11), preparando así para ver en la Eucaristía una proclamación de fe (cfr.  1 Corintios 11,26).

Mismo si los detalles son claros, la significación en conjunto no lo es necesariamente. Qué significa entonces celebrar la Eucaristía?

Imposible responder sin pasar por lo que el mismo Jesús ha vivido luego de la primera Eucaristía.
Para Él, esta fue una experiencia humana profunda, que le permite situar claramente su experiencia vivida en relación a su fe.

A pocas horas de morir, Jesús se siente amenazado por la ansiedad: Él debe luchar, batirse para descubrir el sentido de lo que vive y apropiárselo. Y como HIJO que Él era, no era fácil; al igual que todo el mundo, Él debe “aprender a través sus sufrimientos” (Hechos 5,8).

Para salir de esta ansiedad y de esta tentación de lo absurdo (Dios mío, Dios mío, por qué..?) – Mateo 27,46, Jesús no tiene más que un recurso, situar su propia partida, su propio “éxodo” como dice Lucas (9,31), en el contexto del primer éxodo de Egipto, donde sus ancestros han atravesado la otra orilla, han superado la situación difícil porque Dios “estaba de su lado” (de su orilla) (Salmo 124).

Jesús decide entonces celebrar la Pascua con sus discípulos a partir de su drama interior. Al hacerlo, hace de esta experiencia no solamente una experiencia de lucidez donde contempla la muerte de frente (cara a cara), y no solamente  es una experiencia de fe, sino que también es una experiencia de apertura y de compartir.

De este modo, podríamos describir la primera eucaristía parafraseando a Juan: Jesús que había comenzado a compartir con sus discípulos su búsqueda y sus esperanzas, vivió este compartir hasta el fin (cfr. Juan 13,1).

Dentro de un contexto ligeramente ritualizado (como el de la pascua judía) la eucaristía de Jesús fue entonces una triple experiencia de lucidez, de fe y de comunicación, centrada toda ella en la acción de Gracias al Padre. Y más allá de la repetición de estos gestos en un modo ritual, es esta triple experiencia que Jesús nos invita a rehacer por nuestra propia cuenta, a partir de nuestra propia experiencia de vida, “en memoria de Él”.

Desde luego que si bien no es inexacto decir que al consumir las santas especies se recibe a Dios, uno percibe cómo una tal comprensión, estrecha, amilana y empobrece la experiencia eucarística.

Necesitamos volver a descubrir el sentido de la experiencia vivida por Jesús en la Eucaristía, y la fuerza de este movimiento pedagógico de su vivencia para nosotros. “Aquel que pretenda estar con Dios, sentir su presencia” (al recibirlo en la Eucaristía, podría uno agregar), es necesario que camine él mismo sobre la misma vía (camino) en que Jesús ha marchado” (1 Juan 2,6).


CAMINAR Y VIVIR EL EVANGELIO CON LOS 5 SENTIDOS…

(Propósitos recogidos, basados en la traducción del comentario evangélico en francés del sitio: http://versdimanche.com)

VER

Tenemos toda nuestra vida para sumergirnos con nuestros sentidos en esta escena de San Lucas que relata una multiplicación de panes y de pescados. Una buena manera de entrar corporalmente en la fiesta del “Corpus Christi”  (Cuerpo y sangre de Cristo) o del santo sacramento seria:

Primero, VER. Ver Jesús y a la multitud, los dos como inseparables. Ver a los 12 apóstoles, un grupo bien unido, solidario pero también heterogéneo! Ver 5 panes, dos peces y toda la multitud. Qué desproporción! Ver 12 canastas llenas de pedazos restantes (sobrantes, no sobras para tirar a la basura). Qué profusión! Ver también el cielo al levantar los ojos como Jesús lo hace.

Hoy pondré atención a mi manera de ver las personas y las cosas. El señor me muestra en ellas su presencia activa.

ESCUCHAR

Antes que nada, está Jesús que habla. De qué habla? Del Reino de Dios. A quién? A la multitud. Escuchar eso. Después escuchar la intervención de los discípulos, al caer de la tarde. Qué es lo que le dicen ellos a Jesús? Qué buen sentido y sabiduría les anima? Escuchar. Enseguida Jesús responde con una pregunta que suscita por ahí derecho una buena respuesta. Escuchar. En fin, escuchar la invitación de Jesús y su bendición. Escuchar. Hoy estaré atento, estaré a la expectativa con mis oídos abiertos, para que ellos escuchen mejor lo que se me dice o se me da para escuchar (no meramente oir). El señor manifiesta su presencia que me habla.

TOCAR

Cuerpos curados porque Jesús los toca con sus manos, yo también los toco en mi oración, imaginándome presente en la escena. La tierra o el terreno sobre el cual se sienta la multitud en grupos de 50,  para comer, también la toco, sentándome también sobre esa tierra. Panes y pescados partidos por las manos de Jesús y repartidos (dados, ofrecidos) por las manos de los discípulos, igualmente los toco también y me imagino presente en la escena.

Hoy, presto atención a mis manos para que ellas toquen con tacto y respeto lo que me será ofrecido o aquello que yo donaré. Así también, el Señor se manifiesta por una presencia que toca, que palpa, que siente.

OLER

Oler la frescura de la noche cuando el día con el calor del sol baja también.

Sentir el buen olor del pan partido y del pescado seco. Sentir el hambre que se intensifica en mí y toco mi estómago. Sentir la satisfacción de tener el vientre lleno y estar en fin saciado, colmado.

Sentir el buen olor de los pedazos de pan restantes y que son recogidos en las 12 canastas.

Hoy, presto atención a mis fosas nasales para que sientan el buen olor, los fragantes aromas de la vida, de la naturaleza y de la comida.
El Señor también en todo este universo de olores me hace sentir su presencia.

CAMINAR

Una pausa en nuestra contemplación en este día, cuando celebramos la Visita de la Virgen María. El Ángel Gabriel parte, María parte también. Ella se afana para visitar a su prima, estéril, quien también está encinta, pero su embarazo está más avanzado que el de María.

Hoy me fijo en mi marcha. A dónde me conducirán mis pasos?
El Señor se manifiesta a sus discípulos mientras caminan (cfr. los discípulos de Emaús, Lucas 24).

GUSTAR

Beber las palabras de Jesús como la multitud debería hacerlo. Palabras tan sabrosas como la miel. Gustar el sabor del pan partido: fruto de la tierra, de la harina y del trabajo humano, la harina moldeada, después cocinada por el fuego…Gustar el sabor de un pedazo de pescado: su gusto delicado, su carne nutritiva, su humo delicioso…saborear ese sándwich inhabitual para un pique nique, fuera de norma, bajo el caluroso sol del ocaso, poco a poco ocultándose. Saborear este momento único, con una multitud de personas.

Hoy, pondré atención a mi paladar y mi lengua.
La presencia del Señor está plena de sabores.

Doce canastos (as) para saciar el hambre del mundo

Jesús viene para dar su vida como alimento al mundo entero.

Su cuerpo y su sangre son verdadera comida para quienes se disponen (se alistan) a escuchar su Palabra y le muestran confianza.

Todos nuestros sentidos son satisfechos por la presencia de Cristo Resucitado que continua convidando (invitando) el universo a su mesa.

En nuestras iglesias la reserva eucarística- los restos de las hostias consagradas guardadas con mucha delicadeza y respeto en el tabernáculo- nos recuerda que todos los seres humanos no están todavía saciados, satisfechos con el Pan de Vida, y de igual manera con el pan material.

Y si nos gusta, amar,  adorar el Cuerpo de Cristo, es sin duda, para sentir en nosotros esta hambre del mundo que no espera sino nuestra ayuda, pues sólo en nosotros le queda esperar…Acaso no somos nosotros también  EL CUERPO DE CRISTO? (una de las bellas definiciones de la Iglesia, la familia de los que creemos en Cristo),

Entonces, FELICES, DICHOSOS, nosotros los invitados!


REFLEXION CENTRAL:

“Hagan esto en memoria mía”

El Corpus Christi es en esencia una fiesta popular, una fiesta de la presencia de Dios entre nosotros, particularmente de la presencia del Señor Resucitado que se nos da bajo los signos del PAN y del VINO. La EUCARISTIA, en cierto sentido, es nuestra marca de comercio, el rito de referencia por el cual nos identificamos. Cada religión tiene sus reuniones, agrupamientos y sus ritos. El nuestro es la EUCARISTIA.

Volvamos a la idea, si ustedes lo quieren, al relato que nos hace San Pablo en su Primera Carta a los Corintios. En el primer siglo de nuestra era, la ciudad de Corinto es un gran Puerto a orillas del mar, es un ambiente social diversificado donde hay trabajadores manuales, carpinteros, transportadores, hombres que reparan y también una clase de mercaderes, comerciantes, de negociantes. Gracias al ministerio de Pablo, habrá en Corinto una comunidad de creyentes que se reúnen el domingo para comer la cena del Señor. Esta cena es una verdadera comida, un cierto ágape, que tiene lugar probablemente en una casa privada, en la residencia de un rico propietario que tiene suficiente espacio para acoger muchísimas personas.

Pablo no se muestra contento de la manera como los corintios celebran la Eucaristía. Se puede pensar que los ricos son los primeros en llegar y que se pagan una buena comida. Los más pobres llegan más tarde, comen modestamente. Esto crea disparidades en el seno de la comunidad. Pablo se muestra severo en su juicio:

Siguiendo con mis advertencias, no los puedo alabar por sus reuniones, pues son más para mal que para bien.
Ustedes, pues, se reúnen, pero ya no es comer la Cena del Señor, pues cada uno empieza sin más a comer su propia comida, y mientras uno pasa hambre, el otro se embriaga. No tienen sus casas para comer y beber? ¿O es que desprecian a la Iglesia de Dios y quieren avergonzar a los que no tienen nada? ¿Qué les diré? ¿Tendré que aprobarlos? En esto no.
(1 Corintios 11, 17.20-22)
Es entonces cuando Pablo cuenta la institución de la Eucaristía tal y como la tradición la transmite.
Nosotros no celebramos la Eucaristía a la manera de los Corintios. La comida o alimento profano ya no existe. Nuestra Eucaristía ha guardado los elementos de la oración judía en la sinagoga.
Uno escucha entonces la Palabra de Dios proclamada en diferentes lecturas del Antiguo Testamento, en cartas, en los evangelios, acompañada de cantos y de comentarios. Después oramos por toda la Iglesia a través de la llamada ORACION UNIVERSAL. Nosotros volvemos a decir las Palabras de Jesús sobre el pan y el vino, en el momento de su última cena. Después compartimos el pan y a veces el vino que son el Cuerpo del Resucitado en medio de nosotros. Y a veces, después de la misa, compartimos un café, algunos alimentos, como por ejemplo galletas, queso, a la vez que hablamos de asuntos corrientes de la vida.
(Cada vez que compartimos, así sea una comida sencilla y una bebida entre amigos, a la vez que hablamos trascendentemente de nuestras penas y alegrías, prefiguramos la Eucaristía).
Cuando realizamos este rito, ponemos en práctica la recomendación del Señor: “Hagan esto en memoria mía”.
Es para nosotros un deber de retomar por nuestra cuenta la cena del Señor. Es necesario escuchar juntos la Palabra, orarle al Señor reunidos, decir la bendición, después compartir el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Cuando hacemos esto, nosotros guardamos el sentimiento de ser LA IGLESIA DEL SEÑOR. Nosotros no solo conformamos una reunión de amigos, de compañeros, de vecinos. Si, es verdad que también lo somos, puesto que nuestra parroquia está inscrita en un territorio (jurisdicción) dado. Pero nosotros estamos presentes en el templo, en tanto que discípulos que viven del amor y de la esperanza del Resucitado, de quien esperamos su regreso.
“Cada vez que ustedes comen de este pan y beben de este cáliz, ustedes proclaman la muerte del Señor hasta que vuelva” (1 Corintios 11,26).
Hay en la Eucaristía una densidad y una riqueza extraordinarias. Es verdaderamente el Cuerpo del Señor. Nosotros recordamos el don que ha hecho Jesús de sí mismo, su caminada hacia la muerte, la ofrenda de su Vida. Repetimos los gestos hechos en el momento de la cena: Él ha dado gracias, partido el pan, lo ha compartido. “Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”. Este es el Cuerpo del Señor, esta es la Sangre del Señor. Esta es la Vida del Señor. Él ha dado su Vida. Él descendió hasta los abismos de la muerte, murió en la cruz. Pero Él también ha resucitado, de modo que el cuerpo que compartimos es el Cuerpo del Resucitado, presente y vivo en medio de nosotros ahora. También nosotros esperamos su segunda venida, el cumplimiento de todas las cosas en Él.
Fielmente domingo a domingo, del tiempo de Adviento (última semana de noviembre o primera semana de diciembre) hasta la Fiesta de Cristo Rey (finales de noviembre) pasando por Pascua, Pentecostés y el Corpus Christi, nosotros anunciamos a Cristo Resucitado hasta que termine su obra (hasta que vuelva). A menudo,  los católicos de lengua francesa  cantan este himno:  “Cristo ha venido, Cristo ha nacido. Cristo ha sufrido, Cristo ha muerto. Cristo ha resucitado, Cristo está vivo, Cristo volverá, Cristo está aquí, Cristo regresará, Cristo está aquí”.
Es por eso que el Pan que se comparte es sagrado (y digno de escribir en mayúsculas), Es el símbolo de una presencia divina. Nosotros lo recibimos dignamente en la mano. El Padre dice “el Cuerpo de Cristo” y nosotros respondemos “amen”. Una pequeña hostia (la palabra hostia quiere decir víctima), un pequeño pedazo de pan que simboliza el Cuerpo de Jesús dado como alimento. Un pan que respetamos, que veneramos, no por magia sino porque él representa la presencia  de  Cristo Resucitado en medio de nosotros.
Mas, cuando nos reunimos para compartir la Cena del Señor, no hacemos más que religarnos (unirnos) al Resucitado. Ella (la misa) nos hace devenir cuerpo de Cristo. No basta con comer el Cuerpo de Cristo, compartir el pan y beber de la copa para devenir su Cuerpo. Nos es necesario hacer, crear también la comunidad. De otro modo, mereceríamos también el reproche de Pablo a los Corintios: “el uno queda con hambre, mientras que el otro ha bebido demasiado” (1 Cor 11,21). “No podemos humillar a los que no tienen nada” (11,22).
Para recordarnos esto, el evangelio nos cuenta la multiplicación de los panes. Este prodigio que Jesús ha realizado marcó profundamente la primera comunidad cristiana. Los cuatro evangelios nos cuentan el suceso 6 veces, Mateo y Marcos dos veces cada uno, Lucas y Juan 1 vez. Esto se entiende, puesto que la multiplicación de los panes reenvía a la Eucaristía.
Al alimentar la multitud, Jesús prefiguraba de cualquier modo la cena sagrada por la cual sus fieles conmemorarían su presencia. Vemos bien la alusión y en la manera como Lucas cuenta el hecho. Jesús toma los panes “elevando los ojos al cielo, los bendice, los parte y se los da a sus discípulos” (Lucas 9,16). Estas son las mismas palabras del relato de la última cena: tomar, bendecir, partir, dar.
Por lo tanto, el pueblo se sienta para comer y calmar su hambre.
Comer no es accesorio. Comer y beber, lo hemos dicho, son las primeras necesidades de la existencia. Uno puede arrullarse con ilusiones diciéndole bellas palabras a la gente. Las Palabras no son vanas. Ellas son necesarias. Pero las palabras no pueden por si solas dar cuenta de toda la realidad. Amar, amar realmente, es compartir. Compartir el Cuerpo de Cristo, comulgar su sangre, hacer viva su esperanza, es también compartir realmente el pan. Es compartir su dinero y su tiempo (de cada quien), compartir el alimento, vestir, acompañar, sostener, defender. No hay alusiones metafóricas simplemente sostenidas por un simple y vago sentimiento a distancia. Hay ahí una exigencia concreta inmediata, aquí y ahora.
No hay Eucaristía sin multiplicación de panes, o mejor, sin fracción de pan, sin el compartir real de la fraternidad concreta. Es participar en las mismas luchas por la sindicalización, el albergue, la defensa de los derechos de la persona. Igual en el plan monetario, es ante todo pagar sus impuestos sin hacer “vivezas” o robarle al fisco. Es agregar o sumar otros dones después de la ofrenda en el templo hasta la contribución para los mercados y anchetas de los pobres en navidad, pasando por el apoyo o sostenimiento a las causas donde estamos implicados, de modo diverso, de acuerdo a las responsabilidades y las solidaridades de cada quien.
El Corpus Christi, reitero, es la Fiesta del Cuerpo de Cristo. Su Cuerpo Eucarístico, pero también su Cuerpo eclesial, a saber, la comunidad de la Iglesia y su cuerpo que yo llamaré humanitario, es decir, todos aquellos que tienen hambre, que tienen sed, que están desnudos, que son extranjeros, enfermos o en la cárcel, que conocen la depresión, la tristeza, ellos son la imagen de Cristo mismo. “Es a mí que me lo habrán hecho” (Mateo 25).
La Eucaristía está en el Centro de la vida cristiana, y es la vez su FUENTE y su culmen. En el centro y o corazón de la vida hay EUCARISTIA. En el corazón de la Eucaristía, está Cristo Resucitado y toda persona desalentada o afligida.
El Corpus Christi es también la Fiesta de la Humanidad, la fiesta de la humanidad de Dios, la fiesta de la humanidad en Dios.

OBJETIVO-VIDA PARA LA SEMANA  (Sugerencia: escoger uno)

Realizo un gesto para guardar viva mi hambre por la EUCARISTIA, por ejemplo:
Participar en una celebración eucarística durante la semana.
Visitar una capilla para un tiempo de adoración eucarística.
Meditar la segunda lectura de  la liturgia de este domingo, en soledad.
Darme un tiempo para compartir el evangelio de hoy en un grupo de reflexión, de catequesis o evangelización, etc.


ORACIÓN- MEDITACIÓN

Al igual que tus discípulos, Señor Jesús,
nosotros escuchamos también tu invitación urgente:
“Denles ustedes mismos de comer”
Pero como ellos, nosotros nos sentimos si pobres, si impotentes.

No es que nos falte el alimento:
Nuestros supermercados y centros de compra están llenos todo el año
Tanto de productos locales como de productos extranjeros y exóticos.
Nosotros compramos y consumimos más de lo necesario
Y desechamos por toneladas productos que no se alcanzan a vender,
Mientras que poblaciones enteras por todo el mundo
Y un número cada vez más grande de hogares y personas de la calle
Se hacen la pregunta: “solamente tendremos hoy cualquier cosa para comer?”

¿Cuándo entonces, Señor Jesús,
se abrirán finalmente nuestros corazones y nuestras manos
y nos dejaremos invadir por un espíritu de compasión y de compartir?
Ayúdanos, Señor Jesús,
A poner fin a nuestros excesos de consumo
Para ir al encuentro de los menos afortunados que nosotros
Y aportarles el pan que alimenta el cuerpo
Y el gesto de amistad que calienta el alma y reanima la esperanza.

(traducción de la oración en francés de Jean-Pierre Prévost)





REFERENCIAS:


Pequeño Misal "Prions en Église", edicion quebequense, 2010.

HÉTU, Jean-Luc. Les Options de Jésus.

http://paroissevalcourt.org

http://versdimanche.com




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Gustavo Quiceno