domingo, 13 de diciembre de 2009

¿Quién debe cuidar del Planeta?

A proposito de la cumbre de Copenhague, les comparto esta columna del eminente teologo brasilero que tanto ha escrito sobre la conciencia ecologica, punto a revisar y a considerar mas en nuestra posicion catôlica y cristiana...

2009-12-04

Un teólogo famoso, en su mejor libro, Introducción al Cristianismo, amplió la conocida metáfora del fin del mundo formulada por el danés Sören Kirkegaard, que ya hemos referido en esta columna. Recontaba así la historia: en un circo ambulante, instalado a las afueras del pueblo, se declaró un grave incendio. El director llamó al payaso que estaba listo para entrar en escena y le dijo que fuese al pueblo a pedir socorro. Salió inmediatamente Gritaba por la plaza central y por las calles, pidiendo al pueblo que fuesen a ayudar a apagar el incendio. Todos lo encontraban divertido, pues pensaban que era un truco de propaganda para atraer al público. Cuanto más gritaba, más reían todos. Entonces el payaso se puso a llorar y todos reían más todavía. Y el fuego se extendió por el campo, llegó al pueblo y tanto el pueblo como el circo se quemaron totalmente.

Ese teólogo era Joseph Ratzinger. Hoy es papa y ya no produce teología sino doctrinas oficiales. Su metáfora, sin embargo, se puede aplicar muy bien a la situación actual de la humanidad, que dirige sus ojos al país de Kirkegaard y a su capital Copenhague. Los 192 representantes de los pueblos deben decidir las formas de controlar el fuego amenazador. Pero la conciencia del peligro no está a la altura de la amenaza de incendio generalizado. El calor creciente se hace sentir y la mayoría sigue indiferente, como en los tiempos de Noé, que es el «payaso» bíblico que alertaba del diluvio inminente. Todos se divertían, comían y bebían como si nada pudiera pasar. Y sobrevino la catástrofe.

Pero entre Noé y nosotros hay una diferencia. Él construyó un arca que salvó a muchos. Nosotros no estamos dispuestos a construir ningún arca que nos salve a nosotros y a la naturaleza. Eso sólo es posible si disminuimos considerablemente las sustancias que alimentan el calentamiento. Si éste sube de dos a tres grados centígrados podrá devastar toda la naturaleza y, eventualmente, eliminar a millones de personas. El consenso es difícil y las metas de emisión insuficientes. Preferimos engañarnos cubriendo el cuerpo de la Madre Tierra con un esparadrapo haciéndonos la ilusión de que estamos curando sus heridas.

Existe además un agravante: no hay un gobierno mundial para actuar de forma planetaria. Predominan los estados-naciones, con sus proyectos particulares, que no piensan en el conjunto. Absurdamente dividimos ese todo de forma arbitraria, por continentes, regiones, culturas y etnias. Sabemos hoy que estas diferenciaciones no tienen ninguna base. La investigación científica ha dejado claro que todos tenemos un origen común, puesto que todos venimos de África.

Consecuentemente, todos somos coproprietarios de la única Casa Común y somos corresponsables de su salud. La Tierra nos pertenece a todos. Nosotros la tenemos en préstamo de las generaciones futuras y nos ha sido entregada con confianza para que cuidemos de ella.

Si miramos lo que estamos haciendo, debemos reconocer que la estamos traicionando. Amamos más el lucro que la vida, estamos más empeñados en salvar el sistema económico-financiero que a la humanidad y la Tierra.

A los humanos como un todo se aplican las palabras de Einstein: «solamente hay dos infinitos: el universo y la estupidez. Y no estoy seguro del primero». Sí, vivimos en una cultura de la estupidez y de la insensatez. ¿No es estúpido y insano que 500 millones de seres humanos sean responsables del 50% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero, y que 3.400 millones respondan solamente por el 7% y sean las principales víctimas inocentes?

Es importante decir que el calentamiento más que una crisis configura una irreversibilidad. La Tierra ya se ha calentado. Sólo nos queda disminuir sus niveles, adaptarnos a la nueva situación y mitigar sus efectos perversos para que no sean catastróficos. Tenemos que hacer fuerza para que en Copenhague entre el 7 y el 18 de diciembre no prevalezca la estupidez, sino el cuidado por nuestro destino común.


Leonardo Boff

Referencias:

Transcrito y tomado de:
http://servicioskoinonia.org
Servicio Biblico latinoamericano

sábado, 12 de diciembre de 2009

Carta de un ciudadano chino a la CUMBRE DE COPENHAGUE

Quizas mucha gente no sea consciente de lo que representa el cambio climatico y mucho menos se entere con profundidad de lo que sucede en la cumbre de Copenhague (Dinamarca), para aquellos que desearîan sensibilizarse un poco mâs y o entender sobre el tema, les transcribo esta carta que encontre en un sitio de la red virtual.

Primero vean este video de la campaña publicitaria que hace un llamado de atención a los habitantes del mundo sobre el cambio climático.



El precio del calentamiento climático, ¿cómo lo compartirán los 6.000 millones de habitantes de nuestro planeta? Los modos de vida con enormes diferencias entre los países desarrollados y los países en vías de desarrollo, ¿deben ser heredados de generación en generación al igual que bajo el sistema hereditario?
Delegados de los diversos países a la Conferencia de Copenhague sobre el Cambio Climático:
¿Cómo están ustedes? Desde hace algunos días, ustedes están celebrando la conferencia más importante y también la más difícil de soportar en el mundo. Las disputas entre ustedes las oímos todas.
Soy un chino común de origen campesino que acaba de vivir una vida algo mejor que mi generación anterior. Tener una vida mejor es el anhelo de todas y cada una de las personas. En mi tierra natal, los campesinos compran aparatos eléctricos, construyen casas y esperan ir a viajar por las grandes ciudades. En la ciudad donde vivo yo, hay cada vez más aparatos de aire acondicionado y cada vez más automóviles; muchas personas están esforzándose por un hogar un poco más amplio.
Sin embargo, vivimos desafortunadamente en una época embarazosa. Muchas personas que acaban de pensar trasladar de la pantalla a su propia vida el modo de vida europeo y americano que envidian, oyen una categórica voz de “¡Alto!” Mis padres en las zonas rurales no han tenido tiempo para comprar refrigeradora y aparato de aire acondicionado para enfrentar el verano cada vez más cálido, oyen decir que sobre estos productos se impondrá el impuesto sobre las emisiones de carbono. Una fábrica donde trabajaba un compañero de estudio mío acababa de quedar en quiebra días atrás, porque no tenía fondo para comprar el nuevo equipo correspondiente a la norma de protección ambiental. Son más dignos de compasión los amigos extranjeros que viven en países insulares, pues se dice que con otra elevación de 1,5 grados en la Tierra, sus países quedarán sumergidos en aguas.

Tanto yo como las personas en mis alrededores deseamos desde luego vivir en un ambiente más limpio, más fresco y con menos calamidades climáticas y pagar por esto los precios susceptibles de ser soportados. Pero lo que me resulta desconcertado es: ¿Cómo se comparten estos precios entre los 6.000 millones de habitantes de la Tierra? Ante las enormes diferencias en el modo de vida de los países desarrollados y los en vías de desarrollo, ¿acaso el de los países pobres debe ser suyo para siempre y el de los ricos será suyo propio, heredado de generación en generación al igual que bajo el sistema hereditario? Si fuera así, ¿dónde estaría la fuerza motriz de nuestra lucha por el futuro?
He recorrido algunas zonas pobres del Suroeste y Noroeste de China, en donde algunas personas viven aún en condiciones bastante difíciles e incluso luchan por vestirse bien y comer lo suficiente. Pero su ambiente de vida ya ha sido afectado por el calentamiento climático: tiempos peores, vientos y arenas más violentos, y desastres naturales más frecuentes. Ellos se devoran el fruto amargo del veloz desarrollo del mundo y, en cambio, muchos de los que han creado este fruto amargo y sus generaciones posteriores viven una vida feliz en lugares a miles de kilómetros. Ellos dicen “hasta aquí” a las personas tardías en el desarrollo, sólo porque en este mundo no cabe tanta felicidad.
“¡Hasta aquí!”—siendo un aldeano que entró hace poco en la ciudad, yo no podría decir estas palabras pues me remorderían la conciencia. No tengo derecho a demandar a mis paisanos sostener con su propio atraso la felicidad ajena, precisamente como yo no tengo derecho a demandar a todos los ricos abandonar sus casas quintas y dejar de usar sus autos. Lo que yo puedo hacer es apagar la luz en el momento de salir, usar aparatos ahorradores de energía, usar un poco menos de agua para bañarme, llevar trajes sencillos…llevar una vida sencilla pero agradable.
Afortunadamente, en mis alrededores cada vez más personas se han incorporado a estas filas. Ellas no sólo buscan por sí un modo de vida sano y ecológico, sino que van por propia iniciativa a las zonas pobres para generalizar el uso de gas metano y energía solar, a las zonas secas para ayudar en la transformación de la tradicional estructura de cultivo, a las zonas afectadas por avalanchas de lodo y piedra y por desprendimientos de tierras para ayudar a transformar los campos escalonados y ayudar a los lugareños a enfrentar el cambio climático. Y, más aún, algunas personas se han incorporado a organizaciones populares de protección ambiental para supervisar las emisiones de las empresas, perfeccionar las planificaciones urbanas y salvaguardar los derechos e intereses ambientales de las masas. Los nuevos términos como bajo carbono, reducción de carbono y huellas de carbono se vuelven cada vez más familiarizados para nosotros los chinos.
“No es que hayamos heredado de los antepasados la Tierra, sino que hemos pedido prestada la Tierra de nuestros hijos y nietos.” Todos y cada uno de nosotros nos responsabilizamos con nuestras acciones por el mundo y por nuestros hijos y nietos. Todo esfuerzo que hagamos nosotros será retribuido en un futuro no lejano y, aún después de que abandonemos este mundo, dejaremos nuestras profundas huellas.
La Conferencia de Copenhague tiene como propósito luchar por el futuro de la Humanidad, en lugar de disputarse por el poder y el lucro. Que los países desarrollados muestren su sinceridad ayudando en fondos y tecnología a los países en vías de desarrollo a ahorrar energía y reducir emisiones; que los países en vías de desarrollo hagan todo lo que puedan para no recorrer de nuevo el viejo camino de los países desarrollados: He aquí la comprensión de la lucha común por enfrentar el calentamiento global que tengo yo, un ciudadano chino común, y también lo que espero de esta Conferencia.


Editor:Duan Hongyun  | Fuente:Pueblo en Línea