martes, 13 de septiembre de 2011

18 de septiembre del 2011 25º domingo del tiempo ordinario

EVANGELIO LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 20, 1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -- El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido." Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?" Le respondieron: "Nadie nos ha contratado." Él les dijo: "Id también vosotros a mi viña." Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: "Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros." Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno." Él replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos. Palabra del Señor. 

A guisa de introducción:

“Busquen al Señor mientras se le encuentra”. ¿Qué significa esta frase al comienzo de la primera lectura que escuchamos hoy? Qué significa “buscar a Dios”? ¿Luego, cuando se es creyente,  es que uno no lo ha encontrado ya? 

Una gran cantidad de creyentes han heredado una visión de Dios, según la cual Él sería lejano y severo: un Dios con el que hay que  estar en regla y al que se le frecuenta por obligación o un deber.

Otros, al contrario, conservan y es fuerte en ellos de acuerdo a su educación cristiana la imagen de un Dios al que se ha ganado (se ha echado al bolsillo) con anticipación en razón de su bondad y misericordia. En ambos casos, no hay nada (valido o dogmático)  para despertar el deseo de Dios y suscitar una búsqueda, indagación  (o aventura) espiritual.

Somos aun  nosotros sensibles al misterio de Dios? “Mis caminos no son sus caminos, declara el Señor”, leemos en el libro de Isaías. Una misma trampa arruina nuestra relación con Dios y nuestras relaciones humanas: creer que al otro ya se le tiene o se le ha adquirido…La fe también puede dormirse en la rutina. Por lo tanto, ¿el Dios vivo no desearía que nosotros estemos atentos a su presencia y así poder manifestarnos su amor?  Siendo a la vez muy cercano y distante,  Él desea que le busquemos sin cesar. 
El corazón de la vida espiritual cristiana, es el encuentro siempre renovado entre el deseo de Dios y nuestro deseo de Él. Bajo la inspiración y o movimiento del Espíritu Santo, Dios nos hace entrar cada vez más en las profundidades de su misterio. Acaso, nos bastará nuestra vida para realizar esta diligencia?


APROXIMACION PSICOLOGICA DEL EVANGELIO

Del código del trabajo al amor…

La certeza de una recompensa divina asociada a las buenas obras del ser humano, era el dogma (creencia) número uno en la mentalidad (pensamiento) judía (o).

El mismo Jesús continuaba hablando de recompensa, pero si miramos de cerca, Él da un golpe de gracia a este dogma que se refiere al derecho que tiene   el hombre de adquirir a Dios, a causa de sus buenas obras.

Un siervo no tiene ningún derecho sobre su patrón. Es por ello que Jesús acá, decide más bien hablar de obreros, los cuales están protegidos por un acuerdo contractual preciso con su empleador: “el patrón conviene (se pone de acuerdo)  con los obreros en la paga de una moneda (denario o pieza) por jornada” (v.2).

Era la mentalidad típica de la época de cara a la retribución divina de las buenas obras: yo hago esto y aquello por ti, y después de mi vida (mi muerte acá), tú me das el cielo. Era en otras palabras, el código del trabajo referido (reportado) en la espiritualidad: Dios que deja de ser Él y al que se descubre en la alegría, para convertirse en el patrón lejano para quien se trabaja duro con la única esperanza de un retiro (pensión, jubilación) confortable.

Pero Jesús combate con encono,  y a grandes pasos se abre camino dentro de esta mentalidad burguesa. El dios de Jesús se desentiende plenamente de una dinámica mercantil,  y está libre por completo de un acuerdo contractual con el hombre.

Dios tiene reservas inextinguibles (inagotables) de ternura y de bondad, y Él quiere llevar a su provecho  a todo hombre, “los malos, los buenos, los justos y los injustos”  (Mt 5,45).

Su única exigencia: que uno no tenga  envidia ( “el ojo malo”, según las traducciones francesas)  (v.15), que uno supere esta envidia absurda que me conduce a dejar de ser feliz si  descubro que el vecino tiene tanto (parecido o igual) como yo.

Desde luego que Dios no se presenta acá como un comerciante que distribuye bombones a la hora de la comida y de acuerdo a la moneda que el hombre deposite sobre el mostrador. Él es el Padre libre  tanto del protocolo como de la propiedad privada, y que acoge en su mesa todos aquellos que se presentan para el festín.

Como Dios, los justos que son presentados en la profecía del juicio final han superado completamente la idea del mérito. Mismo ellos no sabían que iban a ser recompensados. Ellos actuaban por convicción, no por cálculo (Mt 25,31-46).

En contraste, aquellos que Dios quiere tener lejos de Él, son ellos quienes habrían hecho bien las cosas, si ellos hubieran sabido; sin embargo, entonces ellos    habrían  actuado no por convicción sino por la recompensa sentida en los extremos de los dedos  y sin que el corazón esté presente.

La profecía del juicio final y la parábola de los obreros tienen en común un punto. Es necesario vivir por convicción  y no por cálculo, y dejar explotar (aflorar)  la bondad de Dios como ella quiera, admitiendo a la larga que el amor siempre tiene la razón.


UNA PRIMERA  REFLEXION

No un código de relaciones de trabajo

Primero que todo, es útil   señalar que esta parábola del evangelio no habla de las relaciones que deben existir entre los hombres, sino más bien de la relación que Dios tiene con nosotros.

Al narrarla, con certeza,  hemos de precisar que Jesús  no tenía la intención de presentarnos el retrato de un patrón ideal, ni tampoco pretendía proponer un nuevo código de relaciones de trabajo viable (0 válido) para su época y para las épocas venideras.

Nos equivocaríamos mucho si quisiéramos aplicar en nuestras sociedades la manera de comportarse del patrón que la parábola pone en escena. Sería del todo y simplemente inaceptable. En los contratos que los hombres establecen entre ellos, todo debe reposar sobre la justicia, y sobre una justicia estrictamente aplicada.

En el dominio de las relaciones laborales, en particular, el paternalismo, lo arbitrario y saltarse los derechos  no tienen lugar.

Se entiende que los obreros de la primera hora hayan “gruñido” contra aquel que les había empleado. Podríamos imaginarnos el descontento de los trabajadores de hoy que hubieran sido tratados así. Pero no insistamos ya que la intención de la parábola es ilustrarnos sobre la manera como Dios, al final de los tiempos, se comportara con aquellos que se encontraran frente a Él.

DIOS ES BUENO

El primer trazo a remarcar es que Dios no actuara como nosotros estamos inclinados a hacerlo. Para recompensar a los suyos, Dios no se ceñirá a nuestros criterios de justicia. Dios se mostrara igualmente generoso con todos aquellos que habrán trabajado por Él, y que habrán creído y esperado en Él. Poco importa si ellos habrán trabajado después de mucho tiempo o después de algunos instantes; no le interesa a Dios si ellos habrán sido creyentes desde su nacimiento  o habrán creído en los  últimos momentos de su vida. El salario será igual para todos.

Esta actitud, en verdad  no puede sorprender sino a aquellos que no saben quién es Dios. Si Él es amor, como dice San Juan, queda claro que Dios no  está animado por el amor, dejándose guiar por las leyes del amor. Ahora, el verdadero amor sabe darse sin reticencia y es igual para todos. También es parte de la naturaleza de Dios trascender la justicia sin dejar (o despreciar) a nadie.

Muchos padres de familia experimentan a lo largo de su vida esta capacidad que tiene el verdadero amor de darse y manifestarse independientemente de los méritos (del hijo) de aquel a quien se dirige. Ellos saben amar, el hijo difícil (la oveja negra) como al retoño dócil, acoger el hijo prodigo con los brazos abiertos sin descuidar (ni privar)  ni dejar de brindar el amor ni lo necesario  a los hijos que constantemente se muestran fieles y amorosos.

Si, Dios es así. Él es Padre. Cuando da, no se deja guiar que por la espontaneidad y la generosidad de su amor. Basta con que alguien, en cualquier momento que sea, se torne sinceramente hacia Él, para que  Dios le ofrezca todo lo que Él es y todo lo que Él tiene.

El amor de Dios es siempre un amor sin reticencia.

DIOS NO ES INJUSTO

Al actuar de este modo, Dios es injusto? Es difícil pretenderlo por dos razones.

Hemos evocado la primera razón diciendo que actuar según los criterios del amor y de la misericordia no es actuar con injusticia sino que es ir más allá de la justicia.

En realidad es comportarse teniendo en cuenta las situaciones particulares como nunca sabría hacerlo la simple y estricta justicia. Dicho de otro modo y como nos lo hacía ver el evangelio del domingo pasado superando la legalidad para llegar a la legitimidad.

Si Dios se permite de dar a todos una recompensa similar cuando algunos parecerían merecer mucho más y otros menos , es porque Él juzga con su corazón viendo el fondo de los corazones. Es porque su corazón , como el nuestro , “tiene sus razones que la razón no entiende”, según el decir de Blas Pascal. No hay ninguna injusticia acá.

La segunda razón que nos impide decir que Dios es injusto, es porque no existe ningún contrato incontestable entre Él y el ser humano.  En efecto, nadie puede presentarse ante Dios y exigir no importa qué. Nadie puede pretender tener el mérito de ser salvado (salvo) y amado. En este dominio, todo es don (regalo) y don gratuito. La igualdad de las recompensas de la cual habla la parábola,  evoca la alegría plena que colmará a todos los creyentes. Tanto para los trabajadores de la última hora como de la primera hora la alegría será desbordante.

Nadie tendrá que quejarse por lo que su vecino ha recibido, porque nadie habrá merecido nada y porque todos tendrán más de lo que ellos podían esperar.

ALEGRARSE DE LA BONDAD DE DIOS

En la parábola, los obreros de la primera hora se consideran tratados injustamente y le reclaman a su patrón. La respuesta que se les da es desconcertante: “¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" Esta respuesta nos invita en todo momento a cuestionarnos si somos capaces de maravillarnos de la inmensa bondad de Dios.

No tengamos por hecho (ganado, adquirido) que estamos salvados. Extremadamente sensibles de la justicia, cuidadosos o delicados con respecto a nuestros derechos, conscientes de los esfuerzos que hacemos por vivir de acuerdo al evangelio, no es seguro que estemos siempre dispuestos  a dar gracias a Dios que es bueno. Pensemos en las personas que nos han herido profundamente, pensemos en nuestros sufrimientos y desgracias que consideramos a menudo en referencia con los de los demás.

No se nos ha ocurrido decir a propósito de esto: “yo espero que un día se hará justicia” se hará justicia sin duda en el Reino. Pero el Reino será también reino de perdón y de amor. Es por esto, primero que todo, que Dios quiere que nos alegremos. Si se nos dificulta hacerlo, es porque quizás creemos tener derechos ante Dios? Luego, no tenemos derecho.

DEJAR HABLAR Y ACTUAR AL CORAZÓN

Es claro que las relaciones humanas deben ante todo basarse en la justicia. Nada más verdadero si… pero también es necesario preguntarnos  si la aplicación de la justicia es suficiente para que los hombres sean felices.

Es cierto que sin justicia la felicidad es imposible. Pero faltaría decir que sin amor y sin misericordia, la felicidad que podríamos esperar no puede ser que de corta duración. 
Lograremos humanizar verdadera y profundamente la tierra, lograremos hacerle cantar y bailar si nos preocupamos nada más que por la justicia?  No será necesario y urgente que más allá de la justicia, instauremos por todo lado espacios de bondad, de perdón y de generosidad accesibles para todos?  ¿Si es indispensable que trabajemos para que la justicia exista entre los hombres y las naciones, no es de igual modo  necesario que en ciertos días al menos-y lo más a menudo posible- dejemos hablar y actuar nuestro corazón? Qué mundo estamos construyendo?

 ****
VAYAN TAMBIÉN USTEDES A MI VINA (2)

Durante 3 domingos consecutivos, escucharemos tres parábolas de Jesús sobre la viña. Cristo nos propone hoy la de los trabajadores contratados en distintas horas de la jornada (también llamada de  “los viñadores de la última hora”); el próximo domingo tendremos la de los dos hijos a quien el Padre les pide ir a trabajar a su viña y el domingo siguiente, la parábola de los obreros que quieren apoderarse de la viña.

La PARABOLA DE hoy comienza muy temprano en la mañana, en la plaza pública de un pueblo. Se trata de una escena que se ve muy a menudo hoy en ciertos pueblos y ciudades del planeta. Los “jornaleros” están ahí, esperando que se les contrate (ocupe)…Estas personas que vivían con muy poco diariamente, esperaban que alguien les diera trabajo: "¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?" , pregunta Jesús. "Porque nadie nos ha contratado".

El problema del desempleo (no falta de trabajo,  como dicen los franceses, que es distinto, pues trabajo hay mucho) es una de las plagas de nuestro tiempo. En los países industrializados, millones de puestos de trabajo han sido suprimidos en los últimos años. A través del mundo, la mitad de la población no tiene trabajo fijo y debe sobrevivir con un salario de hambre (de uno o dos dólares por mes). La parábola de los obreros de la viña nos recuerda (hace tomar conciencia) de este problema actual y permanente.

Jesús subraya en este relato 3 puntos importantes:

En primer lugar, todos son invitados a trabajar en la viña del Señor.
En el mundo bíblico, es un símbolo muy fuerte. Ella representa el pueblo de Israel y después el Reino de Dios.
 En esta viña no hay desempleo y nunca es tarde para responder a la invitación de Jesús.

Enseguida, a la hora de la paga, estamos seguros que el Señor nos dará un salario equitativo y generoso: “Vayan a mi vina y yo les daré lo que es justo”.

Por último y es quizás el punto más importante, mismo si no hemos trabajado toda la jornada- a causa de las circunstancias de la vida o aún por negligencia, descuido o falta de interés- El Señor continúa invitándonos. Nunca estamos muy viejos  para retomar el trabajo o para unirnos a los otros trabajadores.

Si a lo largo de nuestra vida nunca hemos sido muy vigilantes, tenemos buenas oportunidades de llegar a ser nosotros también trabajadores de la última hora. Cuando las arrugas se acentúan en nuestro rostro, cuando la fatiga y la debilidad se apoderan de nosotros, cuando nuestro sol esta a punto de desaparecer en el horizonte, el Señor nos repite su confianza y nos invita de nuevo: “Vayan también ustedes a mi viña”.

Nosotros que nos consideramos obreros de la primera hora, nos damos cuenta que no tenemos gran cosa hasta aquí. Con humildad, debemos acomodarnos entre los obreros del fin del día, al lado de los ociosos (perezosos) y de los pecadores, conscientes de haber hecho si poco a lo largo de nuestra vida, pero contando con la misericordia y la bondad de Dios. En la mañana, a medio día o al atardecer de nuestra vida, el Señor nos invita a su viña y nos promete un salario justo y equitativo. Esta parábola de Jesús pone en evidencia la contabilidad de Dios de cara a nuestra contabilidad a menudo mezquina. 

No hay prima de vejez en la viña del Señor pero hay siempre un salario generoso al fin de la jornada.

Para Dios, no somos ni mercenarios, ni empleados, somos sus amigos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia…vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" La amistad, la ternura y el amor guían el comportamiento del Señor. Si Él actuara según nuestra mentalidad mercantil, el jornalero que no ha trabajado que una hora volvería a casa con las manos casi vacías y no podría alimentar su familia. Dios entonces tiene piedad de él, de su mujer, de sus hijos. No se trata aquí de justicia distributiva sino de generosidad gratuita.

Nuestro Dios es un Dios que reparte sus beneficios en profusión  (con prodigalidad, generosidad) , que “llama” e “invita” a toda hora, en toda edad, en todas las situaciones…

Hay cristianos que creen que la religión es lo que nosotros hacemos por Dios. Y de hecho, la religión es lo que Dios hace por nosotros. Dios acoge el hijo prodigo, busca la oveja perdida, le da otra oportunidad a la higuera que no da frutos, abre el paraíso al buen ladrón, come con los publicanos y los pecadores, inicia una conversación con la samaritana, reintegra María Magdalena a la comunidad, protege a la mujer adúltera, saca a los leprosos de su marginación, perdona a Pedro después de su negación, escoge a Pablo de Tarso, el perseguidor, etc, etc.

También nosotros estamos invitados a entrar en la viña del Señor, lugar de felicidad y alegría, de alianza con Dios y con los otros, símbolo de la bondad y de la generosidad de Dios: “Vayan también ustedes a mi viña!”

RERERENCIAS:
1.      
     1. Misal “Prions en Église”, Quebec. Ed, Novalis, Septembre  2011.
2.  HÉTU, Jean-Luc. Les options de Jésus.
3.      3.   Revista « Rassembler »  antigua edicion.
4.     4.  http://cursillos.ca (Réflexion chrétienne du P. Yvon-Michel Allard, s.v.d., directeur du Centre biblique des Missionnaires du Verbe Divin, Granby, QC, Canada).



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Gustavo Quiceno