lunes, 3 de octubre de 2011

9 de octubre del 2011: 28o domingo del tiempo ordinario A

Dios invita,
Dios siempre ha querido reunirnos para compartir la vida, en fraternidad, en alegría…
Dios quiere convocar a toda la humanidad sin distinciones de ninguna índole y hacernos partícipes de su banquete, de las bodas de su Hijo Jesucristo…

Pero será necesario esperar el fin de los tiempos? El apocalipsis? El juicio final?
No, Dios nos invita aquí y ahora, a cada instante y nosotros nos hacemos presentes en él, lo saboreamos, tenemos un aperitivo cuando compartimos, nos ayudamos, oramos en comunidad, comulgamos el cuerpo y la sangre de Cristo en la misa.

Toda esta imagen del banquete de bodas como la de la viña, son para que nos hagamos una idea cercana de lo que es el REINO DE DIOS. Y Jesús sabia cuán difícil es describir con palabras humanas los misterios del Reino de Dios; y por ello se exprime como un poeta.

Él utiliza parábolas, imágenes y comparaciones que nos ayudan a comprender mejor lo que se dice. Por lo tanto estas parábolas no nos facilitan siempre la tarea (la misión).
Acá es cuestión de un rey que invita, de invitados que desprecian la invitación y matan los servidores del rey, de ese mismo rey que hace matar los asesinos, de un hombre maltratado porque no portaba (vestía) el vestido de bodas…

Es acaso esto el Reino? Tanta violencia! Jesús, Él mismo será rechazado por los suyos, al igual que tantos profetas, pero  sabemos que después de Pascua, Él abre el Reino a todos: buenos y malos.

Como hacer resonar esta “Buena Nueva”? La Palabra nos sacude, nos quiebra y nos lleva forzosamente a hacernos preguntas, lo que es una buena señal.

Ella punza (aguijona) nuestro corazón para que destaquemos las huellas de un Dios escondido que se deja buscar, para que construyamos su Reino que está ya aquí y siempre está por venir.

Vemos sobretodo en esta parábola, el deseo de un Dios esposo, donde el amor no es amado por todos y que sufre al ver que si bien son muchos los invitados, “los elegidos” (o decididos) como dice la canción misionera, son pocos (v.14).

“Todo está listo: vengan al banquete de boda” (v.4) Todo el mundo es interpelado por esta gran invitación de la parte de Dios, a unirnos con Él. Los profetas del Antiguo Testamento hablaban ya desde antiguo de esta unión nupcial entre Dios y su pueblo. El Evangelio presenta a Jesús como el esposo de esa boda esperada. Ahora, todo está listo. Decir SI a esta boda divina, es aceptar que esta relación nos transforma profundamente, como en una vida de pareja, pero siempre para lo mejor.

Dios no puede sino esperar: Él no obliga a nadie a responder, así como Él tampoco obliga a nadie a entrar a la sala de la fiesta de la boda. En otra parábola, el hermano mayor del hijo prodigo se rehúsa a festejar ya que se escandaliza del amor gratuito de su padre que se traduce por el perdón. Como los invitados a la fiesta de bodas, él no sabe que el nombre del padre es AMOR.

La salvación está “servida” por el mismo Jesús. Pongamos nuestro “vestido de domingo” (el `dominguero` que llamamos) este vestido de bodas que es Cristo. En la cultura de la época de Jesús, el vestido exprimía, significaba la persona. Vestir el hábito de la boda, es vestirse de Cristo y participar así en el ser mismo de Dios. Y hay con esto  una exigencia a vivir conforme a la fe en Cristo. Nuestro cuerpo entero debe ser un eco vibrante del evangelio que invade todo.

El banquete ofrecido en cada eucaristía nos permite llegar a ser un poco más Aquel que recibimos en su Palabra y en su pan.

REFLEXIÓN
UNA PARABOLA RETOCADA

Había una vez un empresario en colección de impuestos que al hacerse rico, organiza una gran comida para los consejeros municipales de su ciudad, con el  subterfugio (o la intención escondida tras su pensado) de que fuera aceptado en los medios y o ambientes políticos, gracias a su dinero. Pero los políticos ignoraron la  invitación de este nuevo rico. Llevado por la cólera, este último hizo que se diera a los pobres el frugal banquete que estaba ya cerca y listo, para demostrarle bien a los políticos que él no quería saber ya más nada de ellos.

Esta historia, que figura en el Talmud palestino, ha servido seguramente como punto de partida a Jesús para su parábola del festín. El relato es más claro en la versión paralela de Lucas que queda muy desnuda, sin tantos matices, mientras que Mateo por su parte ha hecho de su texto una alegoría sistemática de la historia de la salvación.

Y esta es la nueva significación de cada elemento de la historia retocada: Dios Padre es el rey; el primer grupo de servidores son los profetas del Antiguo Testamento; el segundo grupo de servidores son los apóstoles y los misioneros cristianos, entre los cuales muchos murieron mártires;  el envío de otros servidores al cruce de los caminos es la misión en tierra extranjera; la entrada en la sala con el vestido de boda es el bautismo acompañado de la conversión; la visita del rey es el juicio final y las tinieblas exteriores es el infierno.

Este cuadro es impresionante, pero la intención de Jesús no era tan ambiciosa! El mensaje que Él quería transmitir a las autoridades religiosas de su tiempo se resumía en esto: si ustedes rechazan la invitación de Dios a la fiesta del Reino, no se sorprendan si Dios invita a otros que no sean ustedes.

El desarrollo de los versículos 11 a 13, que no aparece en el relato de Lucas, constituía probablemente originalmente una parábola independiente sobre la vigilancia necesaria para acoger la salvación cuando Él venga. Semejante a “es necesario vigilar” (Mc 13,35) y conservar su lámpara encendida (Lc 12,35), es necesario también vestirse con el atuendo de fiesta, es decir, estar listo (preparado) en todo momento para reconocer a Dios y acogerlo.

Mateo habría agregado esta parábola aquí, para evitar todo malentendido en relación con la gratuidad de la salvación: Dios ofrece su fiesta para todos “malos y buenos”  (v.10) pero todavía, hace falta acoger esta salvación en el compartir, la justicia y el amor.

El remate de la parábola  “modificada” no se refiere más acá a la invitación a los pobres y a los pecadores  como consecuencia del rechazo de los “justos”, sino sobre las exigencias de la vida cristiana. He aquí un bello ejemplo de la manera como los evangelistas han utilizado sus materiales en función de las necesidades concretas de sus comunidades cristianas.

En cuanto a nosotros, podemos aprovecharnos de los dos mensajes como también de aquel de Jesús: Dios quiere tenernos en su fiesta, pero debemos decidirnos como en el mensaje de Mateo: y si nos decidimos, esto va a traer implicaciones concretas  en nuestro estilo de vida.

REFLEXION

El Reino de Dios es comparable (se parece) a un rey que celebraba las bodas de su hijo.

En el texto de hoy, Mateo nos presenta dos parábolas de Jesús, la una seguida de la otra: la del banquete de bodas y la del vestido de fiesta. Cada  de ellas aclara un aspecto importante del Reino de Dios.

En lo que se refiere a la cólera del rey, al final de la primera parábola (las tropas que matan y queman la ciudad), es claro que Mateo tenía en su cabeza los eventos trágicos que habían sucedido poco tiempo antes de la redacción de su evangelio : la revuelta judía contra el imperio romano y la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén por los ejércitos de Tito en el año 70. Millares de judíos fueron masacrados y ese fue el fin del Estado de Israel que solo renacerá 19 siglos más tarde en 1948.

El Reino de Dios no es una sociedad de gente perfecta, sino de pecadores perdonados.

La primera parábola nos recuerda que el encuentro con Dios es una gran fiesta. El Banquete es signo de amistad y la puerta está abierta para todos: “ellos reunirán a todos aquellos que encuentren, los malos y los buenos”. Nadie puede decir: “Yo no soy digno. Yo no soy invitado”. La separación de Buenos y Malos ha desaparecido. Todas las barreras caen : « vayan al cruce de los caminos e inviten a todos los que encuentren ». Como  bien lo dice San Pablo : « en la casa del Padre, no hay ni griego ni judio, ni circuncidado ni incircunciso, ni hombre ni mujer, ni esclavo ni hombre libre” … blancos y negros, cristianos y musulmanes, jóvenes y viejos, ricos y pobres…todos están invitados.

En la antigüedad, una comida  (banquete) de fiesta era muy exclusiva (o). Solo los miembros de la familia o del clan eran invitados. El hecho de que los primeros cristianos acogieran todo el mundo en la eucaristía y en el ágape, que el esclavo estuviera sentado en la misma mesa que el propietario, que los pobres y los ricos, los hombres y las mujeres compartieran la misma comida, provocaba serios problemas que podemos encontrar narrados en el libro de los Hechos y las cartas de San Pablo.

La parábola es clara: el rey invita a todo el mundo. El Reino de Dios no es una sociedad de gente perfecta, sino de pecadores perdonados. La discriminación y el apartheid no existen ya.

En el ritual de la Eucaristía, hay una muy bella formula que nos repiten antes de cada comunión: “Felices somos nosotros de ser  invitados a la cena del Señor…” Muchos cristianos ignoran esta invitación, por indiferencia, o porque sucede que están muy ocupados. Otros responden a la oferta con agresividad. Ellos están en contra de aquellos que van a la iglesia, contra el clero, contra la religión en general. Jesús pinta (designa) acá estas dos categorías de personas.

Hoy todavía, encontramos esos mismos grupos de personas. Es suficiente con dar algunos ejemplos de antes: “Como quiere usted que yo vaya a la misa? Yo no cuento nada más que con el día domingo para hacer deporte y divertirme un poco. Es el día que salimos de paseo. Es mi jornada de reparaciones y arreglos en la casa. Y luego pues, tengo mis deberes que hacer y mis exámenes para preparar…”

Enseguida, encontramos también aquellos que atacan las religiones calificándolas como “organismos de gran oscuridad y desgracia” y que no creen que en su propia religión laica.

La segunda parábola, la del vestido de bodas (o para el banquete) es bien diferente de la primera. Dios continua invitando, pero el pide nuestra participación: Él quiere partenaires (socios, compañeros) activos que participen en la construcción del Reino de Dios.

El vestido de fiesta hace parte de todas las civilizaciones. En toda la Biblia encontramos rastros de este vestido especial. Por ejemplo,  en la historia del hijo prodigo, el padre da un nuevo  vestido a su hijo que regresa al hogar. En la Iglesia de los primeros siglos, los nuevos bautizados se ponían un vestido blanco durante toda una semana como símbolo de una vida nueva. Esta larga tradición de vestidos de fiesta es transmitida por los jóvenes casados, por el niño presentado en la fuente bautismal, por los estudiantes que celebran la obtención de su diploma y  o sus pergaminos, etc.

Como vestido de fiesta, San Pablo nos propone una bella sugerencia: « como elegidos de Dios, mis bien amados, revístanse con el vestido del amor y de la compasión, de la bondad, de la humildad, de la dulzura y la paciencia. Sopórtense  unos a otros. Perdónense los uno a los otros, como Cristo les ha perdonado. A su turno, coloquen por encima de todo la caridad, ese vínculo (lazo) perfecto” (Colosenses, 3,12-15) o todavía, en su carta a los Efesios: “Despójense del hombre viejo…y vístanse con el hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y la santidad de la Verdad” (Efesios 4,22-24).

Esta segunda parábola nos recuerda que la salvación no es nunca automática: es necesario responder a la invitación de Dios transformándonos y convirtiéndonos.

El invitado al banquete, que no tenía el vestido de fiesta, no podía participar porque le faltaba una disposición fundamental: el alma festiva y el espíritu de servicio. La parábola del regreso del Hijo prodigo nos ayuda a comprender aún más esta referencia al vestido de bodas. El hijo mayor que vuelve del campo y escucha la música de la fiesta está furioso con su hermano y con su padre. Él se niega a entrar y el padre sale para invitarle a la fiesta. Este hijo no está preparado para participar en la celebración, él todavía no ha se puesto el vestido de fiesta!


REFERENCIAS:

Pequeno misal "Prions en Eglise" , version canadiense

HÉTU, Jean-Luc. Les Options de Jésus.

http://cursillos.ca

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Gustavo Quiceno