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lunes, 1 de julio de 2013
En los 20 años de la muerte de FRED GWYNNE: Herman, el papá de la serie “Los Munster” o “La familia Munster”
jueves, 27 de junio de 2013
En los 72 años del nacimiento del cineasta creador de la trilogía Azul, Blanco y Rojo: krzysztof kieślowski
Krzysztof
Kieślowski: el cine de la libertad, la conciencia y el misterio
En entradas anteriores les decía que esta semana
quería dedicarla a reflexionar sobre la libertad. Primero propuse la
película Sueños de fuga (The Shawshank Redemption), una obra
profundamente humana sobre la esperanza que resiste incluso en medio de los
muros. También sugería leer el Evangelio del domingo desde el prisma de la
libertad interior: esa libertad que no consiste simplemente en hacer lo que uno
quiere, sino en descubrir qué nos hace verdaderamente humanos.
Como un tercer momento de esta reflexión, me parece
oportuno volver la mirada hacia la vida y la obra de uno de los cineastas más
hondos del siglo XX: Krzysztof Kieślowski, director polaco nacido el 27
de junio de 1941 en Varsovia y fallecido el 13 de marzo de 1996,
también en Varsovia, a los 54 años. Algunas fuentes registran su muerte el 13
de marzo y otras el 14, porque falleció durante una cirugía cardíaca tras haber
sufrido un infarto; lo cierto es que su partida fue temprana y dejó una
sensación de obra interrumpida. (Culture.pl)
Kieślowski es conocido internacionalmente por obras
como El Decálogo, La doble vida de Verónica y la trilogía Tres
colores: Azul, Blanco y Rojo. Su cine no es de
respuestas fáciles. Es un cine de silencios, miradas, coincidencias, heridas
secretas, decisiones morales y preguntas que no se dejan domesticar. Culture.pl
lo presenta como un realizador de mérito excepcional, reconocido mundialmente
por esas obras, y subraya que sus historias sencillas tratan cuestiones
difíciles, fundamentales y universales sobre los sentimientos humanos. (Culture.pl)
Debo decir que me encontré por primera vez con el
nombre y la obra de Kieślowski en 1999, estando en Medellín. Un compañero del
seminario me recomendó ver una de las películas de su famosa trilogía: Azul
(Trois couleurs: Bleu). Debo confesar que, en aquella primera
experiencia, me pareció un cine lento, adormecedor, tedioso y casi sin sentido.
Tal vez yo esperaba otra cosa. Tal vez no tenía todavía la paciencia interior
que exige este tipo de cine. Tal vez ciertas películas no se ven solamente con
los ojos, sino también con las heridas, las preguntas y la madurez que uno va
acumulando con los años.
Con el tiempo me acerqué de nuevo a su cine desde
otra perspectiva. Entonces comencé a descubrir en él un lenguaje íntimo,
simbólico y profundamente espiritual. Kieślowski no predica, no impone, no
explica demasiado. Más bien sugiere. Coloca al espectador frente a una
situación humana y le pregunta en silencio: ¿qué harías tú?, ¿qué hay realmente
en tu corazón?, ¿hasta dónde llega tu libertad?, ¿qué precio tiene una
decisión?, ¿puede el azar ser también una forma misteriosa de providencia?
Aunque durante mucho tiempo solo había visto Azul,
supe que las otras dos películas de la trilogía —Blanco y Rojo—
completaban una reflexión inspirada en los colores de la bandera francesa y en
los ideales de la Revolución: libertad, igualdad y fraternidad. Pero
Kieślowski no toma esos valores como consignas políticas, sino como realidades
humanas ambiguas, frágiles y muchas veces dolorosas. En Azul, por
ejemplo, la libertad aparece ligada al duelo, al desprendimiento y al intento
de cortar todos los vínculos después de una pérdida devastadora. Pero la
película nos muestra que nadie se libera verdaderamente aislándose de los
demás.
Ese es uno de los grandes temas de Kieślowski: el
ser humano necesita abrirse, comunicarse, dejarse tocar por los otros. Puede
intentar esconderse, desaparecer, encerrarse en su dolor o en su orgullo, pero
la vida vuelve a llamarlo. Una mirada, una música, un vecino, una casualidad,
una llamada, una culpa o una ausencia pueden romper la muralla que uno había
levantado.
Para quienes amamos el cine con sentido, el cine
que no se agota en el entretenimiento, Kieślowski es una de las mejores
opciones. Su cine exige paciencia, pero recompensa con profundidad. No es un
cine de velocidad, sino de contemplación. No es un cine de ruido, sino de
resonancias interiores. No se trata de “entenderlo todo”, sino de dejarse
interpelar.
Uno de sus trabajos más importantes es El
Decálogo, serie de diez películas realizadas para la televisión polaca a
finales de los años ochenta, inspiradas libremente en los Diez Mandamientos. No
son catequesis filmadas ni sermones audiovisuales. Son dramas humanos en los
que cada mandamiento se convierte en una pregunta existencial. El primer
episodio, por ejemplo, ha sido descrito como una confrontación entre razón y
fe, presentada como drama psicológico. (Culture.pl)
Hasta el momento he visto algunos episodios de El
Decálogo, entre ellos los relacionados con “amar a Dios sobre todas las
cosas”, “no tomar su nombre en vano” y “santificar las fiestas”. Lo que más
impresiona es que Kieślowski no simplifica la vida moral. No divide el mundo
entre buenos y malos. Más bien muestra personas comunes, vulnerables,
contradictorias, capaces de amar y de herir, de buscar la verdad y de
equivocarse, de actuar con buena intención y provocar consecuencias dolorosas.
En ese sentido se entiende la frase atribuida a
Edward Żebrowski: en el cine de Kieślowski no hay hombres malos en sentido
absoluto. Hay seres humanos atrapados en circunstancias difíciles, heridos por
la vida, empujados por el deseo, por el miedo, por la culpa, por la soledad o
por la necesidad de ser amados. Su mirada no es ingenua, pero sí profundamente
compasiva.
Aquí hay una clave muy cercana a la sensibilidad
cristiana: mirar al ser humano no solo desde su culpa, sino también desde su
fragilidad. El mal existe, el pecado existe, la responsabilidad moral existe;
pero también existen las heridas, las búsquedas, los condicionamientos, los
silencios, las historias no contadas. Kieślowski parece filmar siempre desde
esa zona donde la ética se encuentra con el misterio.
Sobre Dios, Kieślowski fue reservado, a veces
irónico, a veces enigmático. Se le atribuye una frase muy conocida: “Yo no creo
en Dios, pero mantengo una buena relación con Él”. Más allá de la ironía, su
obra demuestra que el tema de Dios, de la conciencia, de la culpa, de la
esperanza y de la trascendencia le importaba profundamente. Algunas fuentes lo
describen como agnóstico, pero también señalan que consideraba el Antiguo
Testamento y el Decálogo bíblico como una brújula moral para tiempos difíciles.
(Wikipedia)
Esto resulta fascinante: un director que no hace
cine religioso en sentido convencional, pero cuya obra está llena de preguntas
religiosas. Un hombre que parece resistirse a definirse creyente, pero que no
puede dejar de mirar hacia Dios, aunque sea desde la duda. Un artista que no
proclama dogmas, pero se atreve a mirar de frente aquello que muchas veces la
cultura contemporánea prefiere evitar: la culpa, la conciencia, la muerte, la
libertad, la responsabilidad, el amor y el misterio.
Kieślowski murió joven, después de haber anunciado
su retiro del cine tras Rojo, estrenada en 1994. Al momento de su muerte
trabajaba con su colaborador Krzysztof Piesiewicz en una nueva trilogía
inspirada en el cielo, el infierno y el purgatorio; esos guiones serían
llevados posteriormente al cine por otros directores. (Wikipedia)
Su tumba, en el cementerio Powązki de Varsovia,
tiene una escultura sencilla y profundamente simbólica: unas manos que forman
el encuadre de una cámara. Es una imagen perfecta para resumir su vocación:
mirar la vida, encuadrar el misterio, detenerse en lo aparentemente pequeño y
descubrir allí una pregunta inmensa.
A quienes todavía no se han acercado a su cine, les
recomendaría comenzar con paciencia. Quizás Azul pueda parecer lenta en
un primer momento, pero es una meditación preciosa sobre el duelo, la libertad
y la imposibilidad de vivir sin vínculos. La doble vida de Verónica es
una obra misteriosa sobre la identidad, la intuición y las conexiones
invisibles. Rojo puede ser una puerta de entrada magnífica a su
universo, porque condensa con belleza su preocupación por la fraternidad, el
azar y la posibilidad de encontrarnos unos con otros. Y El Decálogo
sigue siendo una de las obras más profundas que se hayan realizado para la
televisión.
Krzysztof Kieślowski no fue simplemente un director
de cine. Fue un explorador del alma humana. Su cámara no buscaba solo contar
historias, sino abrir grietas por donde entrara la pregunta. En tiempos de
superficialidad, su cine nos invita a detenernos. En tiempos de ruido, nos
enseña el valor del silencio. En tiempos de individualismo, nos recuerda que
nadie se salva solo. Y en tiempos en que la libertad suele confundirse con
capricho, nos muestra que la verdadera libertad pasa por la verdad, la
responsabilidad, la vulnerabilidad y el amor.
Quizás por eso su cine sigue vivo. Porque no
pertenece únicamente a Polonia, ni a Francia, ni a una época concreta.
Pertenece a todo ser humano que alguna vez se ha preguntado: ¿qué sentido tiene
mi vida?, ¿soy realmente libre?, ¿qué hago con mi culpa?, ¿a quién necesito
perdonar?, ¿quién me está llamando desde el otro lado de mi soledad?
Kieślowski no nos entrega respuestas cerradas. Nos
deja preguntas. Y a veces, en el arte como en la fe, una buena pregunta puede
ser el comienzo de una verdadera conversión interior.
Para acercarse a Kieślowski
Obras recomendadas:
- El
Decálogo —
diez relatos inspirados libremente en los Diez Mandamientos.
- No
matarás —
versión ampliada de uno de los episodios de El Decálogo.
- No
amarás —
otra ampliación cinematográfica nacida de la serie.
- La
doble vida de Verónica — una meditación poética sobre identidad, intuición y misterio.
- Tres
colores: Azul —
libertad, duelo y reconstrucción interior.
- Tres
colores: Blanco —
igualdad, humillación y revancha.
- Tres
colores: Rojo —
fraternidad, soledad y vínculos invisibles.
Datos básicos:
Krzysztof Kieślowski nació en Varsovia el 27 de
junio de 1941. Estudió en la Escuela de Cine de Łódź y comenzó su carrera como
documentalista antes de pasar al cine de ficción. Alcanzó reconocimiento
mundial con El Decálogo, La doble vida de Verónica y la trilogía Tres
colores. Murió en marzo de 1996, a los 54 años, dejando una de las
filmografías más profundas y espiritualmente inquietantes del cine europeo
contemporáneo. (Culture.pl)
Hay dos correcciones importantes frente al texto
antiguo: el apellido correcto es Kieślowski o, sin caracteres polacos, Kieslowski;
y su muerte suele registrarse el 13 o 14 de marzo de 1996 según la
fuente, no simplemente como dato uniforme del 13.
martes, 25 de junio de 2013
30 de junio del 2013: 13º Domingo del Tiempo Ordinario (C)
A guisa de introducción:
Aproximación psicológica al texto del evangelio:
“Si Cristo nos ha liberado, es para que seamos verdaderamente libres”, dice San Pablo (Gálatas 5,1). Libres de la ley y de la circuncisión, libres de todos los ídolos. Pero esta libertad también tiene un costo: es el seguimiento de Jesús y sus exigencias. La libertad no sabría ser un pretexto para satisfacer su egoísmo. La libertad, es asumir su peso del amor.
El Hijo de Dios, se ha hecho hombre, ha compartido nuestra existencia hasta en los detalles más concretos, haciéndose servidor de sus hermanos más pequeños. Él, que no tenía donde reclinar su cabeza, fue condenado a morir en una cruz. [...] Todos los que han recibido ese don maravilloso de la fe, el don del encuentro con el Señor resucitado, sienten también la necesidad de anunciarlo a los demás. La Iglesia existe para anunciar esta Buena Noticia. Y este deber es siempre urgente. Hay todavía muchos que aún no han escuchado el mensaje de salvación de Cristo. Hay también muchos que se resisten a abrir sus corazones a la Palabra de Dios. Y son numerosos aquellos cuya fe es débil, y su mentalidad, costumbres y estilo de vida ignoran la realidad del Evangelio, pensando que la búsqueda del bienestar egoísta, la ganancia fácil o el poder es el objetivo final de la vida humana. ¡Sed testigos ardientes, con entusiasmo, de la fe que habéis recibido! Haced brillar por doquier el rostro amoroso de Cristo, especialmente ante los jóvenes que buscan razones para vivir y esperar en un mundo difícil.
Todos los hombres tienen un ídolo, una persona a quién imitar, se sienten atraídos por su forma de ser. Lo imitan en todo, buscan tener su misma marca de ropa, peinarse igual, en fin, su porte gira en lo que es esa persona. Éstas a menudo son artistas o cantantes. Pero hay algo que no hacen: poner límites a sus seguidores.
En este evangelio se nos presenta un Cristo exigente: "quien pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es digno de Mí". Son duras las palabras de la elección de Dios, por lo que comprenden, pero al mismo tiempo donan una paz y una felicidad inmensas dentro del alma, porque se sabe que ha sido Dios mismo quien ha llamado. No todos aceptan el llamado con generosidad, sino que al sentir el peso muchos lo dejan.
Dejemos que Dios nos hable en el corazón y si él nos llama digamos con sinceridad y generosidad que queremos seguirle, aún sabiendo las dificultades que allí encontraremos. Pidamos también en una visita o después de la comunión por las vocaciones para que mande obreros fieles a su mies.
Mantenerme fiel a la doctrina de Cristo, aunque el ambiente sea contrario a mi fe católica.
Diálogo con Cristo
Acá otra reflexión para este domingo 13o ordinario C
BEAUCHAMP, André. Comprendre la Parole. Novalis, 2007.
www.catholic.net


