lunes, 20 de octubre de 2008

Jean Marie Gustave Le Clézio: el nómada de la palabra itinerante


Perfiles 19-10-2008


Desde París, Francia, un asiduo de J.M.G. Le Clézio, el Premio nobel de literatura 2008, nos hace un retrato de su obra, a través de las palabras del propio escritor francés, y de las notas al margen de sus libros.

Marlon Meza Teni, Especial para Siglo 21 |

Una joven estudiosa me hizo descubrir la literatura de J.M.G. Le Clézio, hace más de dos décadas en París. Fue un asunto muy breve entre ambos, que duró menos de dos libros. Luego nos dejamos… y yo me quedé con una fuerte adicción por los libros de Le Clézio. Las personas que lo habían leído y que entonces me cruzaban con sus textos bajo el brazo me aseguraban: ¡te vas a desmoralizar con tus lecturas! No sucedió, por supuesto. Quizás por eso ninguna atribución del Premio Nobel de Literatura me ha causado hasta hoy tanta alegría como la de este 2008, otorgado a J.M.G Le Clézio (Niza, Francia. 1940). Se trata de un autor sencillamente fraternal, dueño de un universo poético cristalino, y aunque algunas veces sombrío, de gran simplicidad. Le Clézio (catalogado un tiempo bajo la etiqueta del nouveau roman), es indudablemente el único representante vivo de la gran “Literatura” en Francia, desde que Georges Perec desapareció. Artesano de la palabra, como él mismo se considera, su prosa, que se encuentra fuera de lo ordinario es, sin embargo, accesible, precisa y poseedora de un discurso moral impar. “Un libro es el único lugar del mundo en donde dos desconocidos pueden encontrarse de manera íntima”. La frase es de Paul Auster, pero se aplica aún más a la obra de J.M.G. Le Clézio, o dicho de otra manera: la impresión de estar frente a un ser discreto y hospitalario es inmediata desde las primeras líneas.
Con sus libros sobre mi escritorio y ahora que el otoño está a medio camino en Europa, y que los días empiezan a ser fríos y los árboles se transforman en acuarelas, creo que lo mejor para presentar a J.M.G. Le Clézio es dejarlo hablar con sus frases calurosas –imaginadas en algún desierto o alguna isla lejana, lejos de las grandes ciudades– que durante dos décadas he ido subrayando cuidadosamente en tomos, entrevistas, o anotando de sus breves pasajes por la televisión… “Un escritor es, sin duda, alguien imperfecto, inacabado, que escribe justamente con vistas a este fin, que busca incansablemente la perfección”, asegura él mismo.
J.M.G. Le Clézio escribió sus primeras novelas cuando tenía 9 años, durante un viaje a Nigeria, adonde iba para conocer a su padre (Un largo viaje, Oradi negro). “…Pienso que estamos condicionados por todo aquello que vivimos en los primeros años de vida… lecturas, cuentos que pudieron contarnos o pudimos oír. Es todo esto lo que otorga un verdadero destino. El resto de la existencia consiste en reconstruir este período…”. De los 48 libros publicados hoy día, menos de 15 han sido traducidos al español. Hecho sorprendente si se toma en cuenta su larga estadía en México y Centroamérica, y al mismo tiempo natural si se toma en cuenta que Le Clézio es un escritor enigmático, volunta-riamente secreto que –como lo prueba en El atestado, La Fiebre, El diluvio, El éxtasis material– odia las ceremonias, huye a las mul-titudes, aborrece la grava, el cemento, los automóviles, los semáforos, los supermercados, los micrófonos, las grandes ciudades, la sociedad consumista y cualquier sistema que vaya en deterioro del planeta y de la especie humana. A cambio: su curiosidad por el desierto, el mar, la naturaleza –“inconscientemente me resulta imposible escribir una novela sin pensar en el aire, el viento, el fuego, la tierra, el agua; para mí, elementos tan importantes como la sociedad humana”– las sociedades nómadas, los pueblos y las civili-zaciones indígenas, los extranjeros, los vagabundos, los niños salidos del desierto, aquellos víctimas de la esclavitud, y quienes so-breviven abarrotados en las áreas marginales. En resumen: Seres pobres –algunas veces personajes incultos– que construyen con una forma de movimiento heterogéneo su propia libertad. “…La belleza de los pueblos pobres es invencible...”, escribe en El desco-nocido sobre la tierra. “…Quiero escribir para la belleza del mundo, por la pureza del lenguaje... Quiero escribir para estar del lado de los animales y de los niños (...) Con el lenguaje, el hombre se convirtió en el más solitario de los seres del mundo porque se excluyó del silencio”.

Las obras, las palabras y los temas esenciales
De su extensa obra, quizá haya que retener varios libros: El atestado, escrita muy joven a orillas de una playa de Niza, y con la cual ob-tuvo, a los 23 años, el premio Renaudot en 1963. La Fiebre (1965), una colección de nueve relatos basados en una historia familiar, que como con la Náusea, de J.P. Sartre, o El Asco, de Horacio Castellanos Moya, posee la magia de transmitir un malestar que instiga a un cuestionamiento; en este caso, la febrilidad del lector. Le Clézio es un malabarista de las emociones profundas, un provocador de desequilibrios en un planeta en donde el orden establecido parece ser un anticipo de los grandes desastres. Entre 1966 y 1968 apare-cen El diluvio, El éxtasis material y Terra Mata. “…Lo que yo quería, era construir libros en donde hubiera una nada antes, y una nada después”. En 1969, El libro de las huidas: “…Quiero trazar mi ruta, para destruirla, así, sin descanso. Quiero romper lo que creé, para crear otras cosas, para romperlas de nuevo. Este movimiento es el verdadero movimiento de mi vida…”. Entre 1970 y 1973 publica La Guerra y Los Gigantes, un grito de alboroto contra el ruido de las ciudades, su violencia y el espacio obstruido, representado por la so-ciedad consumista y sus supermercados. “…Siempre he pensado que la literatura no debe servir para describir sino más bien para comprender lo que hemos visto y poder integrarlo en nosotros…”. Entre 1975 y 1977 acentúa una nueva etapa con Viajes del otro la-do, en donde el mito profundo del Agua, como elemento, es confrontado a la industrialización del mundo moderno y sus redes cual trampas. En 1980 recibe el premio Paul Morand, el primero otorgado por la Academia Francesa, por Desierto, sin duda uno de sus más logrados textos sobre las sociedades nómadas. “No había un fin para la libertad, era tan vasta como la extensión de la tierra, bella y cruel como la luz, dulce como los ojos del agua. Cada día, durante el alba, los hombres libres retornaban a su vivienda, en el sur, allí en donde nadie más sabía cómo vivir”. En 1981, mientras viaja a las Islas Mauricio y Rodríguez, escribe Viaje a Rodríguez. En 1982-1983, La ronda y otros relatos, un libro peligroso de aparente inocencia en donde –como en muchos de sus textos– instala la inquietud, el peligro que deriva del azar y de la realidad cotidiana. De 1984 es importante subrayar su interés por lanzar en la Editorial Gallimard una colección llamada A l’aube des peuples (al alba de los pueblos), iniciativa que comparte con el escritor Jean Grosjean, y a través de la cual, el hoy Nobel presentara en 1991 su traducción de La Relación de Michoacán. En 1985 escribe El buscador de oro, sin duda su libro más bello de aventuras. Al origen: un texto que había empezado a escribir a los 15 años, en donde narra la historia de su abuelo, un buscador de oro en las islas. De 1989 data La primavera y otras estaciones, libro de 5 relatos que pone en escena a 5 mujeres. (“No es de una importancia extrema definir lo que es una novela o un cuento; creo que se trata simplemente de una cuestión de ritmo”). En-tre 1991 y 1992, Onitsha y Estrella errante. En 1993-1994 escribe la novela en donde narra la extraña historia de amor entre Diego Ri-vera y Frida Kahlo, Diego y Frida. De 1995 es La Cuarentena, editado por Tusquets en español, un libro en el cual la genealogía del propio Le Clézio se inscribe. “…Si mi abuelo no hubiera decidido volver a Francia después de la experiencia de una cuarentena en la Isla Mauricio, no se hubiera casado, y sin duda yo no hubiera nacido…”. De 1996-1997 es El pez dorado, la historia de una niña inmi-grante marroquí en París, inspirado por un proverbio náhuatl: “Oh Pescado, pescadito de oro, cuídate, pues hay tantos lazos y redes tendidas para ti en este mundo”.

Indudablemente la aventura y la búsqueda vistas a través de los ojos de un niño es el elemento básico o el punto de partida de una obra que enseguida ramifica en temas como la soledad, el mito, la espiritualidad, la travesía, los continentes y las islas; el desencanto por las ciudades, el tiempo, el silencio, la ausencia, el desierto, las fronteras, la arena… y el mar. Le Clézio es un autor que oscila entre el sueño y la denuncia, entre la inocencia creativa de la niñez –desde el primero de sus libros (un texto inédito) en donde todo sucede en un mundo de gaviotas, hasta el más reciente de sus libros, inspirado en el personaje de su madre, Cantinela del hambre– y el descubrimiento abrupto de la violencia adulta.


EL PREMIO NOBEL:
El día en que se anunció el Premio Nobel, J.M.G. Le Clézio estaba casualmente invitado a un programa literario de la televisión francesa (para la presentación de su más reciente novela Ritournelle de la faim), al que no desistió a pesar de las cámaras y micrófonos del mundo entero que lo solicitaban. “Un premio literario siempre es bueno, pero el Premio Nobel es magnífico por-que fue inspirado por una historia de amor (…) la historia que está al origen de este premio es maravillosa”, afirmó al iniciar el programa.
Esta vez el premio Nobel de Literatura ha sido entregado a la mirada de todos aquellos niños del mundo que sufren la guerra, los deterioros de la modernidad y tienen la cualidad esencial de una mirada desnuda, sin prejuicios, a todos aquellos seres que han inspirado su universo imaginario, idealista; a los marineros del mundo, a los inmigrantes pobres de la noche que huyen de la miseria de un territorio devastado, a los seres nómadas del silencio, a todos aquellos que no necesitan de un horizonte para avanzar, y a quienes desconfían del mal uso que la política da a las palabras, porque “pensar es actuar, y ser sí mismo es ser los otros. No es necesario (…) estar inscrito en un partido político”. Un premio a los hombres que a diario mantienen una lucha ecológica para salvar al planeta, porque “la ecología es un sentimiento antes que una política”, y porque de la misma forma en que asegura en El éxtasis material: “Los más grandes pecados el hombre no los comete por culpa de sus sentimientos, sino por culpa de su inteligencia”. El Premio Nobel ha sido entregado a quienes como él creen que la literatura es “como el mar, o más bien como el vuelo de un pájaro encima del mar, deslizándose muy cerca de las olas, pasando frente al sol...”.


LE CLÉZIO Y EL UNIVERSO MÍTICO DE LOS AZTECAS Y LOS MAYAS
Eterno nómada, Le Clézio –que hoy vive en un sitio desconocido de Albuquerque– pasó largos períodos entre París, Niza, Nigeria, La Saguia el Hamra (al sur de Marruecos), la Isla de Rodríguez, la Isla de Mauricio, Nuevo México. Panamá. México D.F, y en Jacona (México), donde se de tuvo por más de 12 años. Admirador del mundo Azteca y Maya, afirma: “…Cambié mi imagen del tiempo, des-pués de haber estado en contacto con los indios de América (…) si hubiéramos sabido cómo viven los amerindios, o cómo las gentes del desierto, seguramente no tuviéramos que estar administrando tanta catástrofe (...) ellos tienen voces que las sociedades no nos dejan llegar y que tienen tantas cosas que aportarnos…La voz de Rigoberta Menchú es una voz sorprendente porque dice cosas de una gran simplicidad”. Le Clézio, perfecto conocedor de los mitos, su literatura, sus sueños y las fiestas tradicionales, tradujo al francés La Rela-ción de Michoacán, Las Profecías del Chilam Balam, Tres ciudades santas y es autor de los ensayos El sueño mexicano (un estudio sobre los mayas de Yucatán y Petén) y la Fiesta cantada, una obra poética en donde plantea sus dudas y sus certezas acerca de la civilización, al lado de textos de los Chichimecas, Dzibilnoac y Rigoberta Menchú. Creador de una colección (Label Tradition en Galli-mard), el Nobel francés pudo incluir como primer título después de muchas discusiones y batallas editoriales, una nueva traducción del Popol Vúh. “…Tuve la suerte de compartir la vida de un pueblo amerindio (…) experiencia que cambió toda mi vida, mis ideas so-bre el mundo y sobre el arte, mi manera de ser con los otros, de caminar, de amar, de dormir, y hasta mis sueños…”.


“Quiero trazar mi ruta, para destruirla, así, sin descanso. Quiero romper lo que creé, para crear otras cosas, para romperlas de nuevo. Este movimiento es el verdadero movimiento de mi vida”

Tomado literalmente de la página web:

http://www.sigloxxi.com/noticias/23933

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Gustavo Quiceno